Errores en la teología sacramental desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días
Padre Aloysius Chang, S.J.
Taiwan, Taipei
Introducción
El Concilio Vaticano II ha tratado sobre los sacramentos en distintos documentos. La Constitución Sacrosanctum Concilium, por ejemplo, aunque no exponga directamente una doctrina sobre los sacramentos, ha influido notablemente en el desarrollo posterior del pensamiento teológico en materia sacramental. La definición de la Iglesia-sacramento, ofrecida por Lumen Gentium en el primer capítulo ("La Iglesia es sacramento de Cristo") ha contribuido, especialmente, a una mayor y más amplia comprensión del concepto de la Iglesia-Misterio-Sacramento y de su íntima conexión.
En septiembre de 1965, el papa Pablo VI publicó la Encíclica Mysterium Fidei que se refiere al sacramento de la Eucaristía. Este documento destaca, por un lado, a Cristo, presencia real y activa en los sacramentos, pero, por otro, señala el cambio de paradigma de referencia del pensamiento teológico en materia sacramental: se observa, en efecto, un pasaje del tradicional paradigma tomista, en cuyo centro se encuentra el concepto de substancia y materia, al paradigma actual, más personalizado, de transfinalización y transignificación.
Si deseamos abordar los "errores en la teología sacramental desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días", debemos, en primer lugar, explicitar que no está en nuestra voluntad hablar de errores de contenido o de formulación doctrinal-dogmática, en mi opinión, del todo inexistentes, sino, en cambio, de aquellos errores o distorsiones que influyen si se quiere una plena comprensión del sentido más profundo y verdadero de los sacramentos y, por ello, en su asunción plena y sus efectos en la vida del cristiano.
He de desarrollar el tema enfocando cuatro puntos:
el abstraccionismo, la concentración, la desintegración, la secularización.
1. El abstraccionismo
Definimos como "abstraccionismo" la insistencia insuficiente en el Misterio pascual en la teología sacramental.
El Espíritu de Dios ha resucitado a Jesucristo, muerto en la cruz para la salvación del género humano. Él está vivo en Dios y, de manera distinta, está presente en todas las cosas y todo regenera y a todo une bajo su autoridad. Es, en efecto, diseño del Padre "hacer que todo tenga por cabeza a Cristo, lo que está e los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1,10).
La liturgia sacramental de la Iglesia, en todos los sacramentos, sin distinción, dispensa los frutos del Único Misterio: el misterio pascual de Cristo. De hecho, en cada sacramento, el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo se vuelve presente, de maneras distintas, y actúa en la vida de todos los fieles y de la Iglesia, llevando a su cumplimiento las gracias que significa cada sacramento.
El sacramento de la Eucaristía no es, pues, el único que celebra el Misterio pascual de Cristo, porque ese misterio constituye la esencia de cada sacramento. Tomemos, por ejemplo, el sacramento de la Reconciliación y el del Matrimonio. En el sacramento de la Reconciliación, nuestros pecados son cancelados en fuerza de la muerte y resurrección de Cristo; en el del matrimonio, la ofrenda recíproca de los esposos es unida y confirmada por la ofrenda de Cristo por su Iglesia. Lo mismo puede demostrarse para los demás sacramentos.
Decíamos: que el error del abstraccionismo consiste en abstraer al sacramento del Misterio central que lo constituye: el de la Muerte y Resurrección de Cristo.
Se trata de un error que nace del discurso teológico tradicional, que solía insistir en la verdad sacramental sin relacionarla, de manera debida, al Evento que la sostiene. Por ejemplo, el culto eucarístico y la Hora santa (adoración del Smo. Sacramento) es sólo una prolongación del misterio eucarístico. De hecho, se corre el riesgo de insistir sólo en la presencia de Cristo, desarraigada del misterio-clave que la ha hecho posible. Si es fácil caer en la abstracción, en referencia a la Eucaristía, memorial por excelencia del misterio pascual, más fácil aún es hacerlo con los demás sacramentos.
La consecuencia del error de abstracción es que la vida sacramental cae, a menudo, en la trivialidad y la fragmentariedad, acentuando verdades secundarias o abstractas desarraigadas del Misterio pascual de Cristo. La consecuencia es que la vida sacramental no conduce a la plenitud de los frutos que el sacramento contiene y tiende a comunicar.
2. La concentración
Llamamos "concentración" a la atención concentrada en un único acto del rito sacramental (el que se conecta directamente a la materia y la forma), subestimando o soslayando los demás.
En todo sacramento, el acto litúrgico en su conjunto hace visible, vuelve presente y comunica el misterio pascual de Cristo. La teología sacramental, ayer como hoy, ha considerado y estudiado los sacramentos recurriendo a las categorías tomistas de materia y forma. Aunque tengan su utilidad para comprender, aclarar y expresar algunos conceptos, tales categorías presentan también sus límites. De hecho, ese paradigma ha llevado a considerar como centrales, casi mágicos, algunos momentos especiales del rito con sus relativas fórmulas. Un ejemplo es el momento y las palabras de la consagración para el sacrificio eucarístico; el de la absolución para el sacramento de la Penitencia; la imposición de las manos en el sacramento del Orden sagrado, etc. Se olvida así que el sacramento y la liturgia son dos aspectos inseparables de la misma realidad.
La teología sacramental, basada en las categorías de "materia y forma" ha dado origen, involuntariamente, al error de la concentración, es decir, ha llevado a considerar los sacramentos más bien como "sacramentos-causa", causa-efecto, atribuyendo mucha importancia a los "efectos", al "porqué", más que al "sentido" o a la visión de conjunto del sacramento, y provocando, por consiguiente, una visión reduccionista del simbolismo sacramental y de su influjo sobre la vida del cristiano. A partir de ese paradigma, ha habido una concentración que ha absolutizado como acto "único, constitutivo esencial" del sacramento, el que se refiere a "la materia y la forma", descuidando los demás. De esta manera, se ha debilitado la experiencia completa y total del sacramento, disminuido su fruto en la vida real del cristiano, restringido el simbolismo sacramental y empobrecido el simbolismo litúrgico, convirtiendo, a menudo, a este último artificial y trivial, desarraigado del misterio pascual.
La teología sacramental tiene hoy el deber de restituir importancia y unidad a toda la acción litúrgica sacramental, pues, aunque la liturgia tenga momentos culminantes y otros llamados introductorios, preparatorios o conclusivos, sin embargo, toda la acción litúrgica, en su conjunto, es sacramento. En efecto, la liturgia sacramental es la unión o el conjunto de determinados actos de una celebración en curso, y toda la acción litúrgica, en su conjunto (y no solamente una sola parte o una parte más que otra), constituye la realización del sacramento.
3. La desintegración
La desintegración se refiere al problema y al peligro de resquebrajar la unidad indivisible de los valores de base de cada sacramento: Gracia-Naturaleza-Iglesia.
Lo que hemos dicho de la concentración vale también para la desintegración, en el sentido de una escisión de los valores unitarios que componen la misma verdad sacramental. Lo único que cambia es el paradigma de referencia. Aquí el paradigma de referencia es dado por las categorías de "opus operatum" y "opus operantis": dos momentos inseparables en el evento salvífico. En virtud del principio opus operatum, los sacramentos actúan por la obra de salvación de Jesucristo, por el hecho mismo de que se cumple la acción, es decir, gracias únicamente a la potencia de Dios; mientras el "opus operantis" destaca al hombre que acoge la acción de Dios en su vida y la necesidad de la fe, la esperanza y la caridad para la plenitud del sacramento. El sacramento es, de hecho, un opus operatum porque obra de por sí, como palabra única y eficaz de Dios en Cristo. Este opus operatum se dirige hacia el opus operantis del hombre, que puede responder negativa o afirmativamente.
Así pues, los sacramentos no son "magia" ni mecanicidad, sino encuentro de la acción de Dios-libre y de la respuesta del hombre-libre. Los sacramentos son eficaces sólo cuando encuentran la libertad humana. Pero también la respuesta libre del hombre es un don de la gracia. La teología sacramental, que se funda en las categorías de opus operatum/opus operantis, ha llevado a una fractura-desintegración de estas dos dimensiones, privilegiando unas veces a una, otras a otra, aunque ambas pertenezcan al único Evento y lo vuelvan posible.
Jesús se expresa a través del símbolo. Asume, pues, el signo creado por el hombre (por ejemplo, comer pan y beber vino) y lo transforma en un signo sacramental. El opus operatum hace que "el pan y el vino" se transformen en Cuerpo y Sangre de Cristo, acción de salvación; pero si falta el opus operantis de la Iglesia, el evento no acontece, no se manifiesta.
La acción de Dios y de la Iglesia son ambas inseparables e indispensables para que el evento sacramental se cumpla. Si no hay signo humano, no hay símbolo. Si no está Cristo que concede al símbolo un signo y una fuerza especiales que lo conviertan en "sacramento", no hay simbolismo sacramental. Si falta la Iglesia, ese símbolo no toma forma manifestando y comunicando el misterio de Cristo. Como decíamos, el error de la desintegración consiste precisamente en dividir los elementos que componen la realidad sacramental: Signo - Símbolo - Cristo - Gracia y libertad - Iglesia y sacramento - Hombre. Es lo que Karl Rahner quiere lograr con la teología del símbolo: saturar esa desintegración a través de la teología del simbolismo sacramental, que implica la superación de las categorías tradicionales y del individualismo moderno. Decididamente la cultura actual, en efecto, sitúa al hombre en el centro de todo. El hombre de hoy ve con gran simpatía todo lo que implica "contribución humana", "autorrealización", "autoafirmación". Sin duda, es algo positivo si se trata de promover el desarrollo del hombre, pero, en materia sacramental, puede llegar a precipitar en el "subjetivismo".
La forma mentis del hombre contemporáneo es opuesta a la perspectiva tradicional de la eficacia sacramental "ex opere operato". El hombre actual siente espontánea inclinación a considerar los sacramentos desde una perspectiva individualista y subjetiva. El subjetivismo moderno hace que se insista casi exclusivamente en la persona, como si el sacramento fuera un hecho "privado, y su fruto se debiera al esfuerzo personal, más ligado a la experiencia del sujeto, a su participación activa y a la implicación emotiva conectada al tipo de atmósfera que se logre crear, haciendo olvidar la dimensión de la "gratuidad de la gracia" y el elemento eclesial".
También en lo que se refiere a la materia sacramental, ese individualismo debe ser contado entre los "errores de disgregación". Es necesario admitir que la concepción sacramental actual y la del pasado pecan por igual de exceso o falta, creando así una situación de "desintegración" conceptual y efectiva. Debemos educarnos a una visión teológica de conjunto, que logre unir el "opus operatum" con el "opus operantis", así como es necesario unir e integrar de manera armónica la "Gracia" y la "libertad", el individuo y la Iglesia. Es lo que quiere recordarnos la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, cuando nos invita a volver a profundizar la teología sacramental y sus implicaciones en la vida cristiana:
"Es un deseo ardiente de la madre Iglesia que todos los fieles sean formados para esa participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que es exigida por la misma naturaleza de la liturgia y a la que el pueblo cristiano, "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 P 2,9; cfr. 2,4-5), tiene el derecho y el deber en virtud del bautismo".
Esta afirmación es una invitación a superar la distinción entre la "eficacia sacramental en sí" (opus operatum) y la "respuesta humana" (opus operantis), pues el sacramento es signo real de la gracia que contiene y comunica: es acción pascual de Cristo, y es también acción de la Iglesia. Es el opus operatum de Cristo y el opus operantis de la Iglesia, de la gracia que precede y de la libre respuesta humana, que debe ser plena, consciente y activa. Pero, al mismo tiempo, es una invitación a superar el individualismo y el subjetivismo, porque la acción sacramental es un "hecho eclesial", derecho y deber del Pueblo de Dios.
4. La secularización
La secularización se propone enfrentar los errores que nacen de la falta de claridad en la distinción entre las dos esferas: la de lo "Sagrado" y la de lo "secular".
Al hablar de sacramentos, del mundo de la Gracia, entra también en juego la necesidad de aclarar el sentido y el ámbito de lo "secular". Los dos ámbitos exigen claridad y respeto de los confines y las prerrogativas. El ámbito de lo "sagrado" es el ámbito específico de los sacramentos, que son signos de la salvación dada por Dios, el Santo de los Santos. Y ellos nos comunican su santidad. Cristo, Sacramento del Padre, ha confiado a la Iglesia (sacramento de Cristo) los siete sacramentos, que son "actos sacramentales" de la Iglesia, signos eficientes de salvación que introducen al hombre en la esfera de lo sagrado, de la gracia, de la comunión con el Absoluto. Sólo el ámbito sacramental, establecido por Cristo mismo, tiene la prerrogativa infalible y certera de la "sacralidad". Actualmente se tiende a equiparar la sacralidad sacramental a la de la presencia de Dios en la historia y la creación. S. Pablo afirma: "Cristo es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda creación, porque por él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, tronos, dominaciones, principados, potestades: todo fue creado por él y para él" (Col 1,15-16).
Aquí Pablo habla de dos sacralidades: la de Cristo, sacramento del Padre, y la de la creación, obra de Dios. Pero esta suerte de sacralidad secular, que a su vez es manifestación de Dios, es distinta de la sacramental, que es la única a la que se puede y se debe atribuir la prerrogativa de lo "sagrado". La presencia de Cristo en los sacramentos y la presencia de Cristo en la creación y la historia son dos esferas que guardan una relación íntima, pero que no están en el mismo plano, porque la Iglesia y los sacramentos son signos infalibles de la gracia, mientras que la creación y el género humano, esperan, desde siempre, la salvación a través de la predicación del evangelio y los sacramentos, y son ellos sus destinatarios.
A partir de esta distinción, consideramos a la Iglesia como "sacramento de lo sagrado" y a la humanidad y al universo como el lugar "secular" de la presencia de Dios. Dado que la Iglesia es sacramento de santidad, utiliza un lenguaje litúrgico y una acción litúrgica. La atmósfera exigida por la celebración está dictada por la naturaleza misma de la Iglesia y del rito. Los participantes deben asumir, por lo tanto, una actitud y una conducta litúrgicas, sagradas. Ello no excluye que, en la práctica, la liturgia requiera contextualización, animación y actualización. Sin embargo, todo debe ocurrir en el respeto profundo de la naturaleza de la acción litúrgica, sin "secularizarla", pues pertenece al nivel sacramental, distinto del secular. Y es así aunque el universo subsista por Cristo y en Cristo.
Entre el Concilio Vaticano II y el día de hoy se ha dado un trabajo continuo de contextualización y actualización de la liturgia; pero, por falta de claridad en la distinción entre el ámbito de lo "sagrado" y de lo "secular", no sólo ha penetrado la secularización en la vida sacramental, sino que ha tenido influencia también en todo el ambiente y la atmósfera litúrgica, y, por consiguiente, los sacramentos han perdido una parte de su sacralidad y, de cierta alguna, se han secularizado.
Conclusión
Con referencia al tema de hoy, "Los errores en la teología sacramental desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días", hemos expuesto cuatro elementos que, a mi parecer, influyen en mayor medida en el sentido pleno de la vida sacramental. Los cuatro guardan una relación estrecha, directa y negativa, con la teología sacramental, pero es difícil, casi imposible, catalogarlos entre los errores propiamente dichos, de contenido o de formulación doctrinal. Debemos admitir, sin embargo, que han influido e influyen todavía negativamente en la asunción plena de los sacramentos en la vida y la visión cristiana de conjunto. La contribución que nuestro siglo, el siglo de la globalización y, al mismo tiempo, de la fragmentaridad, está llamado a aportar en la materia sacramental, es una síntesis nueva del pensamiento teológico sobre los sacramentos. Una aportación eficaz puede llegar de la reflexión teológica oriental, quizá aún demasiado joven y poco afianzada, que tiene naturalmente la tendencia a considerar las cosas en su "conjunto". Esta visión de conjunto es propia de la pedagogía y la lógica de la encarnación: Jesús, Dios verdadero y Hombre verdadero, unión de la naturaleza y la gracia. Si, por un lado, los sacramentos son medios de santificación, en los que la acción salvífica de Cristo alcanza a la totalidad del hombre, por otro son el momento en el que la comunidad de los fieles responde a Dios, en Cristo, y lo glorifica. De esta manera, superan el dualismo unidireccional, sea hacia abajo (gratuidad de la gracia), sea hacia arriba (respuesta humana/santificación subjetiva), porque constituyen el momento de encuentro de dos contingentes: divino y humano. Solamente en ese encuentro se realiza verdaderamente la acción salvífica de Cristo.
Además de evitar y superar todo dualismo, sea abstraccionista, sea de concentración, desintegración o individualidad, la teología sacramental actual está llamada a salvaguardar el rito en su unidad de conjunto, en la sacralidad de su naturaleza y en su dimensión eclesial. El evento pascual de la muerte y la resurrección de Cristo es el evento por excelencia que se comunica a nosotros en los sacramentos. Todo acontecimiento tiene sus fases, sus momentos. Todos son importantes y tienen una función específica. Es imprescindible no mutilar el rito, seleccionando y mistificando sólo algunas partes. Todo es sacramento. Como acontecimiento litúrgico, el sacramento necesita conservar su carácter sagrado, para no perder su "identidad sacramental", reduciéndose a simple accción secular. El hecho de guardar esa sacralidad, exige claridad y respeto de la naturaleza y del ámbito de lo sagrado, en contraposición, no en conflicto, con el ámbito de lo secular, para no vaciar lo sagrado -que es el objeto de la teología sacramental- de su verdadera naturaleza y razón de ser: revelar y comunicar al hombre la sacralidad de Dios.