Distintas corrientes de pensamiento sobre la teología sacramental que están en armonía con el Magisterio desde el Vaticano II hasta nuestros días
Stuart C. Bate, OMI
Johannesburg
Introducción
En la teología y la práctica sacramentales, han surgido después del Vaticano II distintas tendencias, en las cuales parecen destacarse un mayor sentido de la conciencia ritual, el impacto del RICA sobre el sentido de llegar a ser cristianos, el declino del sacramento de la penitencia, la importancia creciente de la curación y de la unción de los enfermos, la mayor conciencia de la sacramentalidad no sólo en los siete sacramentos tradicionales, sino en todo nuestro obrar y, por último, la explosión de los ministerios auxiliares y laicales. Se encuentran en relación dialéctica con estas tendencias algunas perspectivas teológicas que influyen en la teología sacramental y, por cierto, en muchos otros sectores de la teología actual.
1. Sacramento y relación con Dios
La salvación se encuentra en el centro de la relación entre Dios y los seres humanos. El Vaticano II ha destacado el tema de la relación subrayando que la Iglesia es el sacramento de la comunión de Dios con los hombres (LG 1). Por su insistencia en la fe como fundamento del cristianismo, el lenguaje protestante se ha apuntado mucho más a la dimensión experiencial de la fe, por lo cual, la esencia del cristianismo se plantea cada vez más como una experiencia personal de Dios y de empeño personal hacia Dios. En la Iglesia católica, este tema se refleja en la renovación carismática. El sacramento como encuentro interpersonal se ha convertido en una tendencia teológica importante después del Vaticano II.
Tanto Rahner como Schillebeeckx han tenido un papel importante en el desarrollo del discurso teológico sobre dicho aspecto del sacramento. Rahner recurre a las perpectivas neotomistas y a Heidegger en su concepto del Sacramento como autocomunicación de Dios. Tal comunicación de sí mismo a otro es siempre simbólica, porque "el símbolo (...) es la autorealización de un ser en el otro, que es constitutivo de su esencia" (Rahner 1966: 234). La esencia del sacramento es la autocomunicación de Dios a los hombres, es decir, una relación. "La realidad de la autocomunicación divina crea por sí misma su carácter inmediato al constituirse a sí misma como presente en el símbolo" (pg. 252). La preocupación de Rahner se relaciona con la autorevelación de Dios en el encuentro entre lo divino y lo humano. Para Schillebeeckx (1963), en cambio, es la relación misma la cuestión central. Por ese motivo, su preocupación consisten en "corregir" la teología sacramental "de los manuales (en los que se presenta la) tendencia hacia una perspectiva impersonal, casi mecánica (...), en especial, recurriendo a categorías físicas" (pg. 1). Para Schillebeeckx es esencial el hecho de que "los sacramentos son la manera propiamente humana de encontrarse con Dios" (pg. 4).
Semejante relación exige que respondamos con una acción de fe plena. Duffy (1982) supone que "esta dimensión subjetiva de la fe/sacramento no ha sido nunca desarrollada de manera adecuada por la historia de la teología..." (pg. xii). La presencia de Dios en el sacramento nos llama a estar presentes ante Dios. Se trata de una presencia que "es autodonación y amor que nos capacita" (pg. 3), y que se expresa en el compromiso. El sacramento encierra el signo del compromiso por una praxis cristiana. "Los símbolos religiosos son la manera concreta en que Dios nos invita a examinar la situación actual de nuestras vidas y los nuevos compromisos que puedan requerirse" (pg. 3).
La dimensión relacional de la salvación es uno de los temas preferidos por Juan Pablo II. La experiencia humana de Dios radica en el hecho de que Cristo "se ha unido a sí mismo con cada hombre" (GS 22 en RH 13, cursiva en el original). Por ello, la "Iglesia desea servir a este único fin: que cada persona pueda estar en condiciones de encontrar a Cristo, para que Cristo pueda caminar con cada persona en el camino de la vida" (RH 13). La dimensión eclesiológica (véase RH 18) y la sacramental (véase RH 20) quedan detalladas en el capítulo 4 de la encíclica.
2. El sacramento en un mundo de injusticia
Los sacramentos solicitan el compromiso cristiano para la moralidad en la praxis. Segundo (1974) sugiere que los sacramentos fueron dados a la comunidad como medios de la gracia, "que es eficaz en lo que se refiere a la liberación del hombre en la historia de la vida real" (pg. 55). Esta interpretación de la sacramentalidad implica el distanciamiento de un concepto individualista de los sacramentos en relación a mi salvación, hacia un concepto más comunitario de la salvación como pueblo de Dios (LG 13).
Pero, a menudo, la realidad permanece apartada de estas verdades teológicas. Fuellenbach (1995: 258) observa que muchos se preguntan si "la Iglesia es verdaderamente el signo de unidad, amor, justicia y esperanza en el Reino definitivo...". Y el teólogo surafricano Albert Nolan (1988: 212 sigs.) cita Isaías 1:11-17 para deplorar el ritualismo vacío en los sacramentos y en la liturgia desligada del sentido de justicia. Advierte que "todas las religiones corren el riesgo de degenerar en meros ritos, fórmulas y formalismos ajenos a la vida" (pg. 212). Los sacramentos y la liturgia son siempre imperativos éticos. "Los sacramentos pertenecen a los cristianos, a la Iglesia, y en el comportamiento, las elecciones de vida y los estilos de vida de los cristianos, en sus relaciones y formas de vida en el mundo, la ética y los sacramentos de Jesús encuentran su sentido y su fuerza" (McKenna 1997: 21).
3. El ministerio de colaboración
Antes del Vaticano II, el ministerio sacramental era una unción que competía casi exclusivamente a los ministros ordenados de la Iglesia. Después del Concilio, ha proliferado la implicación del laicado en los ritos de la Iglesia. A pesar de que algunas funciones permanezcan reservadas a los ministros ordenados, han sido recobradas muchas tradiciones más antiguas, que confiaban papeles y reponsabilidades a otros roles.
El Vaticano II afirma que la Iglesia es el pueblo de Dios y que en el bautismo todo el pueblo de Dios está llamado a participar del sacerdocio de Cristo porque "... el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial (...) están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo" (LG 10). Esta perspectiva promueve la colaboración en el ministerio porque la celebración de la Iglesia tendría que ser un signo de la naturaleza sacerdotal de todo el pueblo de Dios. Además, reconoce la importancia de la diferencia en los roles según la vocación y la misión. Con referencia a la colaboración en el ministerio, puede leerse: "Se debe observar con satisfacción que, en muchas Iglesias particulares, la colaboración de los fieles no ordenados en el ministerio pastoral del clero se ha desarrollado de manera muy positiva. Ha producido una abundancia de buenos frutos..." (Sacerdotes y laicos 7).
La escasez tradicional de ministros en los países de misión ha significado que los catequistas locales predicasen y condujesen celebraciones en los lugares más remotos. Aquellos hombres han tenido un papel muy importante en la implantación de la Iglesia en África. Después del Vaticano II, la Iglesia ha preferido promover ministerios comunitarios desde el interior de las comunidades en lugar de que un solo laico asumiera una función de líder. La introducción de dichos ministerios en Sudáfrica fue considerada como una ampliación del ministerio, no sólo para responder a la escasez de clero, sino también para profundizar la misión de la Iglesia (PA 1: 2). Otra finalidad fue la de disminuir el carácter paternalista del papel del sacerdote en la Iglesia, de manera que la Iglesia católica dejara de basarse tanto en el sacerdote para centrarse más en el Pueblo de Dios (PA 1: 4).
Desde 1974, el Lumko Missiological Institute of South Africa ha publicado un gran número de programas de instrucción para ministros comunitarios, que han tenido resonancia en todo el mundo. La mayor parte de las parroquias en las zonas rurales de Sudáfrica cuentan actualmente con equipos de ministros que atienden a los enfermos, dirigen entierros y servicios de comunión. De maneras distintas, ello convierte a la Iglesia en un signo más eficaz del pueblo de Dios. Pero el papel del sacerdote adquiere mayor importancia en esa situación. Aunque las vocaciones sigan creciendo, la escasez persistente de ministros ordenados indica que mucho queda por hacer.
4. La conciencia creciente de la cultura: la inculturación
La cultura de un pueblo puede ser entendida como el sacramento de su humanidad. Es la manera en que su humanidad se hace visible en el mundo. Los estudios de humanidades han experimentado, recientemente, un cambio que va desde las perspectivas racionalistas y objetivas -expresadas según modelos hermenéuticos, ya sea marxistas, positivistas o estructuralistas- hacia una conciencia del papel de la cultura y de las emociones en la motivación humana. Es lo que se ha dado en llamar "viraje cultural" (Ray & Sayer 1999: 1 sgs.). Encontramos también esta tendencia en la teología, y en especial en la teología sacramental. Uno de los temas señeros de los escritos de Juan Pablo II ha sido el papel de la cultura en la vida de la gente y la Iglesia. El cardenal George (1990: 17) observa que "cuando el Cardenal Karol Wojtyla fue elegido papa, no tardó en situar la cultura, de una manera original, en el lugar central de los programas de la Iglesia". La inculturación ha aparecido como una clave teológica muy importante en la teología sistemática y pastoral. La palabra se encuentra, por primera vez, en Catechesi tradendae (53), pero sus aspectos teológicos se hallan expuestos, sobre todo, en Slavorum Apostoli, donde aparece definida como "la encarnación del evangelio en las culturas locales" (SA 21). Dicho proceso no debe ir acompañado por una actitud de exclusividad cultural, puesto que, para poder ser un verdadero sacramento, la Iglesia tiene que manifestar la unidad entre todas las culturas. Ello proporciona dos criterios importantes para la inculturación: la compatibilidad con el Evangelio y la comunión con la Iglesia universal (EA 62).
"La inculturación sostiene que la fe puede hallar en las culturas africanas un hogar y que esa nueva morada pueda proyectarse aun hacia nuevos desafíos" (Tlhagale 1995b: 170). Estudios recientes relacionados con la teología sacramental en Sudáfrica comprenden a los antepasados (Tlhagale 1995a), el matrimonio (Hlatshwayo 1996) y las nociones africanas y cristianas de sacrificio y la Eucaristía (Sipuka 2001). Es esencial que la reflexión teológica posea la información necesaria para evitar prácticas formuladas apresuradamente que pueden dar lugar a exageraciones o a excesos. De tal manera, la Iglesia local se convierte en un verdadero sacramento de Cristo para su pueblo.
5. La reafirmación de la tradición católica
El hecho de que muchas cuestiones nuevas hayan surgido en un lapso bastante breve indica que hay una Iglesia y una sociedad que se encuentran en una situación fluida. "En los años inmediatamente posteriores al Concilio Vaticano II, hemos visto algunas formas muy virulentas de "nuevas religiones"" (Cunningham 1985: 200). En tales circunstancias, el peligro es que lo contingente y las preocupaciones del momento puedan ser amplificados de manera tal que la comunidad local pierda la percepción del conjunto. Muchas de las divisiones pasadas han surgido de situaciones semejantes. Ha brotado una tendencia en respuesta a ese peligro, que consiste en la recuperación creciente del valor del catolicismo como un signo importante de los tiempos. Cunningham confía en que la "tradición católica" sea "lo bastante amplia como para absorber estos entusiasmos y distinguir lo que tiene valor a largo plazo" (pg. 200). Pero, en ese sentido, el catolicismo debe ser entendido como insistencia en la importancia de la tradición teológica y magisterial junto, con el reconocimiento de la importancia de la unidad eclesial en un mundo de diversidades. O'Malley (1983: 406) advierte que, en un tiempo de renovación radical, es importante que la Iglesia no pierda de vista su continuidad con el pasado. Un "impulso persistente de reconciliar "la naturaleza y la gracia", si es colocado en el nivel de las instituciones sociales, representa un impulso que la Iglesia se reconcilie con la cultura humana en todas sus dimensiones positivas (...). La Iglesia queda plenamente incorporada en la historia humana y los cambios que allí tienen lugar la afectan profundamente". Tales cambios son esenciales si la Iglesia ha de permanecer fiel a su misión de ser un signo eficaz de salvación.
Por esta razón, el Magisterio debe ejercer el papel de preservar la centralidad en una época de pluralismo teológico y práctico. Dicho papel se ha vuelto cada vez más evidente en el último cuarto del siglo XX, durante el cual se han ido publicando numerosas enseñanzas e instrucciones, en la que se ofrecen las líneas maestras dogmáticas y se ordena y aclara la praxis sacramental en la Iglesia. De esta manera, el magisterio cumple con su papel de mantener la integridad de la Iglesia como sacramento de unidad (LG 1) e instrumento vivo de la salvación (LG 8). Esas instrucciones se han propuesto afirmar muchas de las iniciativas surgidas de las tendencias que hemos delineado. Pero, al mismo tiempo, intentan evitar los excesos que, al introducir nuevas praxis, confunden la eficacia del signo y se oponen a la tradición.
Conclusión
El pluralismo creciente en la interpretación y la praxis ha sido equilibrado por la afirmación de una exigencia de unidad y coherencia para expresar verdaderamente aquello que defiende la Iglesia católica. Según Power (1999: 2), la terminología "conflicto de interpretaciones expresa muy bien las distintas maneras en que la tradición sacramental es incorporada por las distintas comunidades". Este conflicto exige una respuesta tendiente a promover la comprensión entre las interpretaciones. Sólo de esta manera se puede favorecer la unión. Power sugiere que una perspectiva posmoderna del sacramento puede proporcionar una ayuda, puesto que permite la integración de metanarraciones, aparente o superficialmente distintas, en un conjunto más amplio. En la teología sacramental se requiere una perspectiva más compleja e incluyente, para que pueda así proponer "la atención hacia el otro (...), una nueva conciencia para con aquellos que han sido excluidos o marginados, también dentro de la vida de la Iglesia (...), una nueva búsqueda de lo santo y una búsqueda de lo que une al ser humano con los demás seres (...), mayor atención hacia el mundo que nos rodea (...), una ética arraigada en la sabiduría de la manera en que, de día en día, vivimos en la fe en la presencia de Dios" (pg. 16). La aparición de nuevas tendencias no debe desalentarnos, sino más bien desafiarnos a que realicemos una reflexión teológica mayor para unir lo que tiene valor en un conjunto católico más grande.
Referencias
Cunningham, L. (1974), The Catholic experience, New York: Crossroad.
Duffy, R. (1974), Real presence, San Francisco: Harper and Row.
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CT: Catechesi Tradendae. Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, 16 de octubre de 1979.
Fuellenbach, J. (1995), The Kingdom of God: The message of Jesus today, New York: Orbis.
George, F.E. (1990), Inculturation and Ecclesial Communion: Culture and the Church in the teaching of Pope John Paul II, Rome: Urban University Press.
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Hlatshwayo, B. (1996), Inculturation of Marriage among the Batswana, in S.C. Bate (ed.), Serving Humanity: A Sabbath Reflection: The Pastoral Plan of the Catholic Church in Southern Africa after Seven Years, Pietermaritzburg: Cluster Publications, 112-122.
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Power, D. (1999), Sacrament: The language of God's giving, New York: Crossroad.
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Rahner, K. (1966), Theological investigations. Vol. IV, London: Darton, Longman & Todd.
Ray, L. & Sayer, A. (1999), Culture and Economy after the cultural turn, London: SAGE.
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Tlhgale, B. (1995b), Bringing the African culture into the church, en Makobane et al. (eds.), The Church and African Culture, Germiston: Lumko, 169-185.