ALGUNAS DESVIACIONES EN MORAL DESPUÉS DEL VATICANO II

 

  1. CONCEPTO GENERAL DE MORAL CRISTIANA

Considero que es importante, antes de plantearnos el tema de las desviaciones e imprecisiones morales después del Vaticano II lograr una descripción aproximada a la moral cristiana. La moral cristiana tiene su fundamento específico en la persona de Cristo, fuente de donde brota ya que Él es la revelación plena del amor de Dios que se extiende a todos los hombres. Él es, por consiguiente, la norma concreta y universal de toda acción moral.

De esta manera la vida de Cristo es celebración y acción. Celebra la obra salvadora de Dios, preparada en las religiones y las éticas no bíblicas, concreta en la promesa y la ley de la alianza, terminada en el don sacrificial y la resurrección de Cristo y en la comunicación del Espíritu Santo. Cristo actualiza el amor del Padre para con el mundo realizando la totalidad de su querer y haciendo de nosotros hijos de Dios. De este modo, Cristo, prototipo de la perfecta obediencia al Padre, y el Espíritu Santo dado a los que creen, transfiguran nuestras libertades pecadoras. El ejemplo de Cristo y la gracia del Espíritu nos hacen capaces de desarrollar, como Iglesia, una actividad moral, personal y social, que tienden hacia la perfección de la caridad y está dispuesta a la misericordia.

2. DESVIACIONES EN LA MORAL CRISTIANA

He considerado conveniente mostrar las posibles desviaciones doctrinales que se han venido presentando después del Vaticano II especialmente en lo que respecta a la moral fundamental. Sin duda que es conveniente tener en cuenta también lo que concierne a la moral especial, o a lo que atañe a la moral social y sexual pero que por cuestión de espacio no serán incluidas aquí. Sin embargo los presupuestos de la moral fundamental son de tal magnitud que necesariamente afectan a los de las otras dos realidades.

2.1. UNA PRIMERA APROXIMACIÓN

De todos es conocida la preocupación pastoral de su Santidad Juan Pablo II en este campo y que ha querido expresar en su Encíclica Veritatis splendor. Desde el inicio de dicha carta nos está diciendo que: "hoy se hace necesario la reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia." (No. 4)

La Veritatis splendor quiere pues ser la respuesta del Magisterio de la Iglesia a la crisis de la reflexión teológico-moral del período postconciliar como lo expresa en el No. 5: "precisar algunos aspectos doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin duda constituye una verdadera crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles y para la comunión de la Iglesia, así como para una existencia social justa y solidaria."

La "crisis" se ha producido pues especialmente en el ámbito de la denominada teología moral "fundamental" o "general", en torno a dos flancos culturales: uno de ellos más bien filosófico y el otro más bien teológico. Del lado del cultural filosófico, pero con efectos inmediatos en la comunidad cristiana y en la reflexión teológico-moral, se impone como crucial el problema de la relación libertad-verdad, problema que ha sido resuelto, y sigue siéndolo, teniendo como instancia central la reivindicación de la autonomía humana de la moral y como desenlace final la disociación entre libertad y verdad. Por eso precisa la Encíclica de su Santidad: "Ya no se trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral. Y así, se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se considera simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina que el Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para ‘exhortar a las conciencias’ y ‘proponer los valores’ en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y opciones de vida." (No. 4)

En el flanco más teológico hay que destacar la tendencia a separar la moral de la fe: se trata, por un lado, del desarrollo natural de la reivindicación de la autonomía humana de la moral y, por otro, de una posición que repercute en el problema de la competencia del Magisterio de la Iglesia en las cuestiones morales con la negación de una competencia propiamente doctrinal, así nos dice la Encíclica "se opina que el Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para ‘exhortar a las conciencias’ y ‘proponer los valores’ en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y opciones de vida (…) Está también difundida la opinión que pone en duda el nexo intrínseco e indivisible entre fe y moral, como si sólo en relación con la fe se deban decidir la pertenencia a la Iglesia y su unidad interna, mientras que se podría tolerar en el ámbito moral un pluralismo de opiniones y de comportamientos, dejados al juicio de la conciencia subjetiva individual o a la diversidad de condiciones sociales y culturales." (No. 4)

Si son estos el origen y el contenido fundamental de la "crisis" a la que pretende responder la Encíclica, puede inmediatamente percibirse toda la importancia de por qué el Magisterio no puede dejar de intervenir. La Veritatis splendor lo afirma de manera explícita y haciendo dos preguntas extremadamente serias en el campo moral: "Particularmente hay que destacar la discrepancia entre la respuesta tradicional de la Iglesia y algunas posiciones teológicas –difundidas incluso en seminarios y facultades teológicas- sobre cuestiones de máxima importancia para la Iglesia y la vida de fe de los cristianos, así como para la misma convivencia humana. En particular, se plantea la cuestión de si los mandamientos de Dios, que están grabados en el corazón del hombre y forman parte de la Alianza, son capaces verdaderamente de iluminar las opciones cotidianas de cada persona y de la sociedad entera. ¿Es posible obedecer a Dios y, por tanto, amar a Dios y al prójimo, sin respetar en todas las circunstancias estos mandamientos?" (No. 4)

De manera particular en el capítulo II de dicha carta que lleva por título: "No os conforméis a la mentalidad de este mundo" (Rom. 12,2), tiene como finalidad el de "ayudar al hombre en su camino hacia la verdadera libertad" (No. 27), en cuanto le estimula a la vigilancia y el discernimiento. En realidad, en la sociedad y en la misma comunidad cristiana circulan otras "respuestas" a la pregunta moral, y no la del Maestro en su Iglesia. Esta recibe la misión de vigilar para que se mantenga limpia e intacta la doctrina del Maestro. Tiene, pues, la misión de realizar un "discernimiento" sobre las distintas tendencias de la teología moral actual, para valorar sus aspectos positivos y también denunciar o rechazar sus aspectos problemáticos y negativos.

Se trata de tendencias que vuelven a hacer hincapié en la libertad, pero no siempre manteniendo y salvando su vínculo esencial con la verdad, que es condición y camino de la libertad. La reivindicación de la libertad fuera de la verdad y contra ella manifiesta sus consecuencias negativas especialmente en cuatro ámbitos.

El primer ámbito es el de la ley natural que o bien se rechaza porque la libertad misma se convierte en "fuente de valores", o bien "se falsea" porque la ley natural se interpreta de forma reductiva como si fuera una ley biológica, o bien "se deforma" porque resulta incompatible con la unicidad e irrepetibilidad de la persona (ley universal) y con su historia (ley inmutable). (Cfr. Nos. 35 a 53)

El segundo ámbito es el de la conciencia, concebida como "decisión" –por otra parte única, incensurable e infalible- de la persona individual en una determinada situación de vida, que –así se dice- no puede ser comprendida y por consiguiente regulada en todos sus elementos por una ley universal válida para todos. Muy distintamente se expresa la "sana doctrina": la conciencia es "juicio" de la razón práctica que aplica la ley universal –es decir, las exigencias del verdadero bien del hombre- a la propia situación, una aplicación que se verifica en el diálogo personalísimo con Dios, en la convicción de que también la conciencia puede equivocarse y de que, por consiguiente, exige ser constantemente formada. (Cfr. Nos. 54 a 64)

El tercer ámbito proviene de la libertad que encuentra su expresión más radical y fuerte en la opción fundamental –la de la fe y la caridad-, por la que el hombre decide sobre la totalidad de sí mismo ante Dios; se trata siempre de una elección no disociada o desarraigada de las elecciones "particulares" de comportamientos y actos determinados. Y sí está contra la "sana doctrina", es decir, contra la unidad profunda del hombre corpore et anima unus, pensar que la elección fundamental no puede ponerse en discusión por opciones particulares de signo opuesto, y por consiguiente considerar que la moralidad de la persona –su bondad o malicia- se encuentra entera y solamente en las intenciones genéricas o en las actitudes interiores y no en lo "concreto" de cada elección particular que tenga como objeto un comportamiento determinado. (Cfr. Nos. 65 a 70)

El cuarto y último ámbito se refiere al acto moral, es decir, el acto que puede ordenarse hacia Dios, hacia el verdadero bien de la persona y hacia su felicidad auténtica. Naturalmente, se trata de una ordenabilidad que realiza la intención de la persona que obra, de una moralidad que depende también de las circunstancias y, especialmente, de las consecuencias del obrar concreto. Pero también se dan actos que por su misma estructura no pueden ordenarse hacia Dios y contradicen al verdadero bien de la persona: son los actos "intrínsecamente malos", es decir, malos por sí mismos y en sí mismos, de tal modo que la moralidad se decide por su objeto prescindiendo de la intención y las circunstancias. Bajo el perfil moral son irredimibles. Y las normas negativas que los prohiben son absolutas, valen semper et pro semper, es decir, sin ninguna excepción. Pero esta "sana doctrina" es hoy contradicha por las teorías éticas "teleológicas" (consecuencialistas y proporcionalistas), para las cuales la moralidad de los actos puede ser adecuadamente definida siempre y sólo basándose en la consideración de sus efectos o consecuencias previsibles de su proporción. Semejantes teorías "no admiten que se pueda formular una prohibición absoluta de comportamientos determinados que, en cualquier circunstancia y cultura, contrasten con aquellos valores (señalados por la razón y la Revelación)." (No. 75) (Cfr. Nos. 71 a 83).

2.2. ALGUNAS PROFUNDIZACIONES

La metodología escogida por la Encíclica es la del discernimiento crítico "capaz de reconocer cuanto hay en ellas de legítimo, útil y valioso de indicar, y al mismo tiempo, sus ambigüedades, peligros y errores" (No. 34). Pero la carta del Pontífice quiere confrontar: "Los problemas humanos más debatidos y resueltos, de manera diversa en la reflexión moral contemporánea (que) se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema crucial: la libertad del hombre" (No. 31) y su relación con la verdad. Pero una lectura atenta de la Encíclica nos hará ver que al confrontar necesariamente la relación entre libertad y verdad estaremos necesariamente ante un problema eminentemente antropológico, es decir que estamos ante la identidad misma del hombre y de la persona humana. Es así pues la ética presupone y expresa la antropología y ésta está intrínsecamente unida a la teología y a la cristología. Es a la luz del misterio del Verbo hecho carne como se descubre qué es el hombre. (Cfr. GS No. 22).

Desde aquí preguntémonos ahora por este crucial interrogante: ¿están aliadas o se oponen entre sí la libertad y la ley? Se plantea el interrogante luego de haber llegado a considerar la libertad en sí misma como un absoluto y como fuente de valores, mientras que otras corrientes paradójicamente cuestionan esa libertad (Cfr. Nos 32 y 33). Para Juan Pablo II no existe tal oposición y con una concisa respuesta coloca su fundamento: "El poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino solo a Dios (…) La ley de Dios, pues, no atenúa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y promueve." (No. 35) A continuación la Encíclica analiza algunas tendencias de la teología moral actual ofreciendo un análisis crítico.

  1. De la tendencia de la autonomía absoluta de la libertad para producir la verdad, algunos teólogos han llegado a concluir una autonomía absoluta en el ámbito de la razón para la elaboración de las normas morales y tal normatividad sería únicamente la de un ordenamiento "humano", es decir que el hombre se auto regula autónomamente a sí mismo. (Cfr. No. 36) y de aquí algunos teólogos moralistas católicos han pasado a establecer una distinción rotunda entre el orden ético y el de la salvación y en este orden "tendrían importancia sólo algunas intenciones y actitudes interiores ante Dios y el prójimo." (No. 37) Negando por consiguiente que la revelación tenga un contenido moral determinado y que el Magisterio tenga una competencia doctrinal específica sobre el contenido de normas relativas al llamado "bien humano" (Cfr. No. 37). Reconoce la Encíclica la creación libre del hombre como una teonomía participada por la cual está llamado a gobernar al mundo y así mismo: "también el hombre mismo ha sido confiado a su propio cuidado y responsabilidad. Dios lo ha dejado "en manos de su propio albedrío" (Eclo 15,14) para que buscase a su creador y alcanzase libremente la perfección. Alcanzar significa edificar personalmente en sí mismo esta perfección" (No. 39). Posee el hombre pues, una autonomía moral relativa a su propia verdad pero más radicalmente a la verdad de Dios su creador: "la libertad del hombre, modelada sobre la de Dios, no sólo no es negada por su obediencia a la ley divina, sino que solamente mediante la obediencia permanece en la verdad y es conforme a la dignidad del hombre (…)" (No. 42)
  2. La ley moral natural. El enfoque que da la Encíclica es el de proponer esta ley natural a la luz de la Ley Eterna, en el sentido de una participación de esta última en aquella de la criatura racional mostrando así "la esencial subordinación de la razón y de la ley humana a la Sabiduría de Dios y a su ley" (No. 44). Sigue hoy vivo el candente debate entre estudiosos de la ética y los moralistas por cuanto que se hacen objeciones de un fisicismo y naturalismo contra la concepción tradicional de la ley natural, ya que se pensaría que esta pretende presentar como leyes morales lo que simplemente serían leyes biológicas, fijando al comportamiento humano un carácter inmutable y de ahí se deducirían normas inmutables y universalmente válidas. Para algunos teólogos este argumento biologista estaría presente en algunos documentos magisteriales especialmente en el ámbito de la ética sexual y matrimonial y "no consideraría de manera adecuada el carácter racional y libre del hombre, ni el condicionamiento cultural de cada norma moral" (No. 47).
  3. Pero estas acusaciones se tornan contra los acusadores puesto que lo que están manejando en el fondo es una antropología dualista que disocia al hombre en sus dimensiones de alma y cuerpo exaltando de manera absoluta el alma (la libertad) y reduciendo el cuerpo a algo extrínseco a la persona, así dice la Encíclica: "Una libertad que pretende ser absoluta acaba por tratar al cuerpo humano como un ser bruto, desprovisto de significados y de valores morales hasta que ella no lo revista de su proyecto. Por lo cual, la naturaleza humana y el cuerpo aparecen como unos presupuestos o preliminares materialmente necesarios para la decisión de la libertad, pero extrínsecos a la persona, al sujeto y al acto humano. Sus dinamismos no podrían constituir puntos de referencia para la opción moral, desde el momento en que las finalidades de estas inclinaciones serían sólo bienes "físicos", llamados por algunos "premorales". Hacer referencia a los mismos, para buscar indicaciones racionales sobre el orden de la moralidad, debería ser tachado de fisicismo o de biologismo." (No. 48) Así el resultado es claro pues: "En semejante contexto la tensión entre la libertad y una naturaleza concebida en sentido reductivo se resuelve con una división dentro del hombre mismo" (No. 48).

    El Magisterio apoyado en la Sagrada Escritura y la Tradición quiere volver a proclamar para la recta comprensión de la ley natural la unidad del ser humano: "Esta teoría moral no está conforme con la verdad sobre el hombre y sobre su libertad. Contradice las enseñanzas de la Iglesia sobre la unidad del ser humano, cuya alma racional es ‘per se et essentialiter’ la forma del cuerpo (…). La persona –incluido el cuerpo- está confiada enteramente a sí misma, y es en la unidad de alma y cuerpo donde ella es el sujeto de sus propios actos morales. La persona, mediante la luz de la razón y la ayuda de la virtud, descubre en su cuerpo los signos precursores, la expresión y la promesa del don de sí misma, según el sabio designio del Creador." (No. 48) Es desde esta intrínseca unidad como se plantea la moralidad de la persona humana.

  4. La universalidad y la inmutabilidad de la ley natural. Estos dos fundamentales aspectos de la ley natural han sido de igual manera contradichos por estas nuevas posiciones alegando que la universalidad sería contradicha por la unicidad e irrepetibilidad de cada persona humana, mientras que la inmutabilidad sería contradicha por la historicidad y culturas propias de la persona.

En realidad la "universalidad no prescinde de la singularidad de los seres humanos, ni se opone a la unicidad y a la irrepetibilidad de cada persona; al contrario, abarca básicamente cada uno de sus actos libres, que deben demostrar la universalidad del verdadero bien" (No. 51). El carácter relacional del ser humano y su capacidad de dialogar y de entrar en comunión con los otros es lo que constituye ese terreno común, es la naturaleza humana, y es sobre este carácter común como siempre y únicamente tiene sentido y puede desarrollarse la unicidad e irrepetibilidad de la persona, la cual sin duda es única e irrepetible, pero ¿en relación con quién? Sometiéndonos a una ley común es como edificamos la verdadera comunión de las personas que se ha expresado en los preceptos negativos de la ley natural, éstos son universalmente válidos y obligan a todos y cada uno siempre y en cualquier circunstancia "porque la elección de un determinado comportamiento en ningún caso es compatible con la bondad de la voluntad de la persona que actúa, con su vocación a la vida con Dios y a la comunión con el prójimo. Está prohibido a cada uno y siempre infringir preceptos que vinculan a todos y cueste lo que cueste; a no ofender a nadie y, ante todo, en sí mismos, la dignidad personal y común a todos. (No. 52)

En cuanto a la inmutabilidad de la ley natural la Encíclica aclara que el mismo concepto de historicidad exige un referente inmutable (el hombre en sus elementos estructurales permanentes, Jesucristo "que es siempre el mismo: ayer, hoy y por los siglos". "El progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las trasciende. Este "algo" es precisamente la naturaleza del hombre: precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser" (No. 53) Sin que se niegue la necesidad de traducir a los diversos contextos culturales la autenticidad de las normas universales en los diversos contextos culturales.

CONCLUSION

Como se puede apreciar solo he profundizado en algunos elementos dada la brevedad del tiempo pero considero que vale la pena continuar con una lectura pormenorizada del magnífico documento de su Santidad Juan Pablo II que se propuso expresamente poner en evidencia erróneos planteamientos de la moral.