El valor salvífico del dolor
Bruno Forte

En la muerte y resurrección del Hijo se revela el doble "éxodo", el único que puede dar valor salvífico al dolor humano: la salida de Dios hasta su anonadamiento supremo en la Cruz y Su retorno, el adviento de la belleza que transfigura y salva y su éxodo hacia la victoria final sobre el dolor y la muerte. El "exitus a Deo" del Hijo que ha venido a la carne culmina en el acontecimiento de Su muerte, lugar del extremo acontecimiento del Eterno en la forma de la finitud humana: sin embargo, el sufrimiento y la muerte en la Cruz son iluminados en su profundidad abismal por el "reditus ad Deum" del Hijo hecho carne, en el que la muerte ha sido devorada por la victoria (cf. 1 Co 15,54). Entre estos dos éxodos, que quiebran el círculo de la vida, que de lo contrario quedaría encerrada en el silencio mortal de la nada, la pasión y muerte del Hijo del hombre se presentan como el acontecimiento del abandono supremo y la comunión mayor del Dios que ha venido a la carne.

El abandono supremo del Dios crucificado revela de la manera más cruda la experiencia que el ser tiene de su infinita caducidad: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15,34). El grito de la hora nona es testimonio de la condición de fragilidad de quienes habitan el templo, con los que el Hijo se ha hecho solidario: llamados de la nada a la vida, los seres parecen estar amordazados por la nada, envueltos por el silencioso misterio del inicio. Ninguna mística del dolor y la muerte podría borrar su lado oscuro, el aspecto misterioso y dramático del sufrimiento sin retorno aparente. Sufrimos y morimos solos: la soledad es y perdura como el precio insoslayable de la hora suprema: "Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo (...) ¿No habéis podido velar una hora conmigo? (...) ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mt 26,38. 40; 27,46). Morimos en el grito que evoca el otro grito, el de la laceración inicial, signo de una laceración extrema, y, no menos que el otro, anuncio de un nacimiento. En Su abandono, el Hijo se ha acercado a la tragedia más profunda, inolvidable: desde entonces, ningún hombre que sufre estará tan solo como lo estuvo Él.

Y, sin embargo, el Crucificado revela también el rostro amoroso del Otro oculto: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23,46). El Hijo une al abandono la comunión con Aquél que lo abandona: el Abandonado se abandona a su vez, aceptando en la obediencia del amor la voluntad del Padre. A la entrega de Aquel que no perdonó a su propio Hijo (cf. Rm 8,32), responde la entrega que el Hijo hace de sí mismo (cf. Ga 2,20): la pasión y la muerte, acontecimientos del abandono último, son vividas por Él como actos de libertad y de acogimiento supremos. De tal suerte, la Cruz revela la posibilidad de vivir la lejanía más extrema como una cercanía profundísima: en el dolor de la separación mayor se consume el fuego del amor, fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6). Así, el dolor se transforma en amor y se vuelve salvífico, como recuerda Juan Pablo II en la Carta Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano (11 de febrero de 1984): "El sufrimiento humano ha alcanzado su cima en la pasión de Cristo (...) entrando en una dimensión completamente nueva y en un nuevo orden: ha sido vinculado al amor" (n° 18). En el dolor ofrecido por amor, en unión con Jesús Crucificado, cada uno puede completar en su carne lo que le falta a la pasión del Hijo para beneficio del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24). En particular, en la fe, cada uno puede ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios uniéndolos al sacrificio de Cristo, y puede hacerlo especialmente en la celebración eucarística, en que el ministerio de presidencia del Obispo y del presbítero se configura también como magisterio del dolor salvífico, como escuela que educa a todo bautizado a dar su contribución, en unión con Cristo crucificado, para la salvación del mundo (cf. Presbyterorum ordinis 2).

De esta manera encontramos, en fin, la respuesta a la pregunta inevitable: ¿quién podrá vivir como Él, Jesús, la unidad entre la laceración y el abandono en la hora de la muerte? ¿quién podrá abandonarse como Él en las manos del Padre por amor a los demás? Según la fe del Nuevo Testamento, la lejanía y la proximidad en el dolor pueden coincidir gracias a la fuerza del Consolador. "Jesús dijo: "Todo está cumplido". E inclinando la cabeza entregó el espíritu" (Jn 19,30). Mientras sostiene al Abandonado en su destino mortal, el Espíritu lo mantiene unido a Dios, volviéndolo capaz de la ofrenda suprema: es lo que expresa la iconografía de la "Trinitas in Cruce", en la que el acontecimiento de la muerte del Crucificado es visto como revelación de la Trinidad. El Padre sostiene en sus brazos el madero de la Cruz, del que cuelga el Hijo devorado por la muerte, mientras la paloma del Espíritu separa y une misteriosamente al Abandonado y a Quien lo abandona (pensemos en la Trinidad de Masaccio, en Santa Maria Novella, en Florencia). De tal manera, "La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (...) ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!" (1 Cor 15,54s. 57). La ofrenda divina del dolor hace posible la ofrenda suprema de la fe que sufre e inaugura la victoria sobre el dolor y la muerte, como éxodo de la belleza del amor, que muere para la Belleza que recibe transfigurando: el dolor ofrecido con Cristo al Padre se vuelve camino y umbral de la vida, manantial de luz que no conoce ocaso, dolor salvífico gracias a la fuerza del amor que lo transfigura por la caridad infinita del Dios crucificado...