La espiritualidad eucarística y mariana del sacerdote
Prof. Sewerynek, Moscú
Por la gracia inestimable de la ordenación sacerdotal, los sacerdotes entramos en una dimensión absolutamente nueva del ser y la vida en Cristo nuestro Salvador.
El sacerdote debe tener conciencia de que es un hombre consagrado enteramente a la gloria del Padre, ungido por el Espíritu Santo y, por ello, configurado según la dimensión sacerdotal de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
A Él, consagra el sacerdote, por entero, su propia humanidad. La consagración de nosotros mismos no es, por cierto, una represión de nuestra humanidad, sino un don total, cuerpo y alma, al Señor Jesús, para vivir completamente orientados hacia Dios y la vida eterna. El sacerdote tiene que conquistar cada día espacios de mayor intimidad profunda dentro del mismo misterio de su vocación, del sacerdocio ministerial que ha recibido y que lo vincula indisolublemente al misterio eucarístico.
Es, pues, necesario que el sacerdote haga un esfuerzo constante por rezar, por vivir ante la presencia de Dios, que implica también una vigilancia continua de su misma persona y una lucha espiritual, que lo espera cada día, porque cada día es necesario tomar la decisión de "perder la propia vida".
Al vivir en el mundo sin pertenecer al mundo, según la palabra de Jesús "vosotros estáis en el mundo pero no sois del mundo", el sacerdote que desea ser transformado realmente en Cristo, toma principalmente de la Santísima Eucaristía la fuerza para superarse a sí mismo y, como Juan, se entrega y consagra a la Madre de Dios, para permanecer fiel a su papel en la Iglesia: interceder junto con María a los pies de la Cruz por la salvación del mundo.
La espiritualidad del sacerdote debe ser sobre todo eucarística, focalizada en el misterio principal de nuestra salvación, el misterio del Cuerpo y Sangre de Cristo ofrecidos por nosotros; y esa espiritualidad debe ser también profundamente mariana.
El Santo Padre Juan Pablo II ha subrayado especialmente la importancia que la presencia de la Virgen Santísima, durante la Santa Misa, tiene para nosotros. Dice, por ejemplo: "cuando celebramos la Santa Misa, se encuentra entre nosotros la Madre del Hijo de Dios que nos introduce en el misterio de su ofrenda de redención. De esta manera, Ella se vuelve mediadora de las gracias que brotan de esta ofrenda para la Iglesia y para todos los fieles" (Juan Pablo II, en ocasión de la memoria litúrgica de la Virgen de Czestochowa, "L’Osservatore Romano", 26 de agosto de 2001).
Hoy más que nunca, el sacerdote tiene que recuperar su dimensión sacerdotal, su identidad, sustentado por una profunda espiritualidad auténtica y mariana, que lo ayude a vivir el "sagrado comercio", la transformación en Cristo de toda su persona: nosotros damos a Cristo lo poco que somos, para recibirlo, en cambio, a Él mismo. Es un acto de misericordia infinita, totalmente gratuito de Dios, establecido por su Voluntad divina.