EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN (PENITENCIA) Y LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS
Prof. Arévalo – Manila (Filipinas)
Si ha sostenido que el Concilio Vaticano II, en su afán de promover la renovación interna de la Iglesia, haya dado lugar a una comprensión más amplia de muchas realidades eclesiales fijando su atención desde una perspectiva jurídica e interior a la Iglesia a una perspectiva más amplia ligada a la "fe integral y a la historia de la salvación". Para la renovación del sacramento de la Penitencia, muchas veces "definido como sacramento de la Reconciliación", "el Concilio ha exhortado a una revisión del rito in grado de expresar con mayor claridad tanto dicha naturaleza como los efectos del Sacramento" (Cf. Sulla Sacra Liturgia, SC, n. 72).
La Conferencia Episcopal Católica de Canadá, haciendo un comentario autorizado sobre el nuevo Rito de la Penitencia de 1973 (RP) ha explicado los motivos de esa revisión:
¿Por qué el Rito ha sido revisado?
Para mostrar su relación con el misterio pascual de Cristo;
para evidenciar sus dimensiones eclesiales;
para ofrecer un lugar apropiado a la Palabra de Dios [en las Escrituras];
para hacer el rito más incisivo y comprensible y, por lo tanto, fomentar una participación significativa;
para ser [de manera más clara] una celebración de fe;
para dar espacio a una correcta adaptación a las diversas culturas y situaciones;
[todo esto] para explicar con mayor claridad la naturaleza y los efectos de este Sacramento.
Nuevo Boletín sobre la Liturgia 9 (1976) 13.
En este contexto podemos entender el lenguaje más jurídico del Concilio de Trento, que describe la situación de los pecadores después el Bautismo, como la de quien se "encuentra frente a un tribunal en la condición de acusado, para ser liberado por la sentencia del sacerdote y, sólo admitiendo sus pecados, no una sola vez, sino varias veces, presentándose como penitente" (DzS 1671), con lo más bíblico de la reconciliación y del perdón, adoptado por el Concilio Vaticano II: "Aquellos que se acercan al Sacramento de la penitencia reciben de la misericordia de Dios el perdón de las ofensas revueltas a él; al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que han provocado una herida con el pecado y que coopera en su conversión a través de la caridad, del ejemplo y de la oración" (Lumen gentium, n. 11).
El tema fundamental de la conversión se vuelve a confirmar con énfasis en el Nuevo Rito de la Penitencia (RP): "El pueblo de Dios se vuelve en el mundo una señal de conversión a Dios. La Iglesia expresa todo esto en su vida y lo celebra en la liturgia cuando los fieles confiesan ser pecadores e imploran el perdón de Dios, de sus hermanos y hermanas" (Cf. RP; par. 4). En esta interpretación del Sacramento observamos que la realidad y la naturaleza personal del pecado son claramente declaradas, no obstante, también haya un claro reconocimiento de las dimensiones eclesiales y de los aspectos sociales tanto del pecado como de la conversión (RP 5).
Nótense aquí algunos puntos: nuevos acentos, mutación de énfasis. En primer lugar, "ahora la contrición y el arrepentimiento no sólo encarnan el dolor por el pecado cometido, sino que se sitúan en el contexto más amplio de la conversión permanente". (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1427 a 1429).
En segundo lugar, la idea que el pecado no es jamás solo una "cuestión privada" como, desgraciadamente (parece) piensen muchos cristianos, cuantos tienen una visión más bien restringida de la propia vocación cristiana. Esta visión mutilada se completa por la idea de la existencia de dimensiones eclesiales del pecado. El pecado hiere y daña la comunidad que es el Cuerpo de Cristo en modos que nosotros conocemos y no conocemos. Nuestros pecados y nuestra culpa hacen de la Iglesia "una Iglesia con pecados y con pecadores en su seno": "una comunidad constantemente necesitada de purificación y de reforma", sin esa santidad y esa unidad que más bien debería de tener por vocación y por misión.
El arrepentimiento y la reconciliación poseen dimensiones eclesiales: contribuyen a transferir la purificación y la santificación a toda la comunidad, que es la comunidad primaria de reconciliación. Nuestra reconciliación con Dios se manifiesta con una reconciliación con la Iglesia y con el refuerzo de su comunión en el Espíritu. A su vez, esta real y mayor unidad y santidad de la comunidad eclesial testimonia la fuerza efectiva y real de la salvación de Dios y de la gracia que opera en el mundo y en la Historia. La Iglesia, que está presente en el mundo (como hemos dicho líneas arriba) como comunidad primaria de reconciliación, pone la fuerza redentora del Espíritu en las relaciones y en las estructuras sociales llenas de pecado, maldad, egoísmo e injusticia.
El teólogo sacramental franciscano Regis Duffy afirma: "La idea de penitencia como hecho privado ha sido sustituida por la idea de reconciliación con aquella comunidad que en primer lugar nos ha recibido en la nueva vida de iniciación cristiana, en el Bautismo, en la Confirmación y en la Eucaristía". También es significativa la recuperación de esta relación entre la iniciación (en especial el Bautismo) y la penitencia. "Justamente como la iniciación se desarrolla al centro de la Iglesia, así hacen también la penitencia y la reconciliación" Esta verdad teológica se basa en la práctica de las celebraciones públicas de penitencia. El Nuevo Rito de la Penitencia promulgado en 1973 ha previsto celebraciones comunes con confesiones y absoluciones individuales y, en algunas situaciones, con confesiones y absoluciones colectivas.
Debemos volver a decir que este enfoque eclesial no reduce de ninguna manera la dimensión personal del pecado y del arrepentimiento, con la cual la mentalidad contemporánea se encuentra tanto en desacuerdo, hasta el punto de ponerla de lado. Sin embargo, esta dimensión se sitúa en el contexto más amplio de la obra salvífica de la Iglesia de comprender la redención de Cristo y de edificar el Reino de Dios. El Nuevo Rito habla de "dimensión social de gracia y pecado, cuyo efecto es esto: en una cierta forma las acciones de los individuos influyen sobre todo el cuerpo de la Iglesia" (RP, n. 25 c).
En 1983 (desde el 29 de septiembre hasta el 29 de octubre) se llevó a cabo el Sínodo de los Obispos sobre la Reconciliación y la Penitencia y, en base a sus deliberaciones, el Santo Padre escribió la Exhortación Apostólica Reconciliatio et poenitentia. El documento desarrolla una teología renovada del Sacramento y de su práctica pastoral, subrayando la realidad del pecado (pecado personal, antes que nada) y sus consecuencias reales. Tratando este tema, el Santo Padre describe la actual condición real de la practica sacramental de la Reconciliación, con el notable decaimiento de la confesión individual, en particular en Occidente y de sus consecuencias para la vida cristiana y para la búsqueda de la santidad de la Iglesia. Él desea verdaderamente una renovación de la practica de la confesión individual. En su anual Carta a los Sacerdotes del Jueves Santo del año en curso, el Santo Padre exhorta los sacerdotes a prestar mayor atención y meditación al Sacramento de la Reconciliación en la propia vida y en la de los fieles, subrayando el tema dominante de la gran misericordia de Dios, que es la presencia predilecta y digna de compasión de Dios mismo en el mundo, un mundo tan desesperadamente necesitado de conversión.
En el tiempo que nos ha sido concedido, podemos decir solamente que en la teología y en la práctica pastorales contemporáneas, los ritos sacramentales, los actos del penitente que son parte del proceso de conversión, y el papel del confesor como medicus y taumaturgo (antes que "juez" en el tribunal), instrumento del Padre amoroso, dives in misericordia, tienen que ser integrados en una "celebración" auténtica de la liturgia de la Iglesia. El rito sacramental tiene que ser realizado de manera de constituir siempre "un acto en el cual la Iglesia proclama su fe, da las gracias a Dios por la libertad con la cual Dios nos ha hecho libres, y ofrece su vida como sacrificio espiritual en alabanza de la gloria de Dios, ya que esto hace más cercano el encuentro con Jesucristo" (RP n. 7).
LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS
Los católicos de la generaciones precedentes conocían "el séptimo Sacramento" cómo la Extrema Unción, que consideraban "casi exclusivamente el sacramento oficial para los moribundos", aunque si la doctrina oficial de la Iglesia sobre este Sacramento, no era tan restrictiva como lo pensaba la mayor parte de las personas. Los Obispos (patres) del Concilio Vaticano II pidieron que el nombre del Sacramento fuese cambiado y que los ritos fuesen revisados para hacerlos más fieles a la concepción y tradición originarias de la Iglesia. "El viaticum ha sido restablecido como Sacramento auténtico de los moribundos y la unción de los enfermos como Sacramento para los que están gravemente enfermos, si no directamente cercano a la muerte" (Walter H. Cuenin).
La historia del rito evidencia un cambio de objetivo, desde una preocupación primaria por la curación física, por demás evidente en la Carta de Santiago (5, 13 - 15) y en la primera comunidad cristiana, hasta aquella para la curación espiritual del moribundo. El Concilio Vaticano II ha indicado que el viaticum debería ser considerado como el Sacramento auténtico de los moribundos y la unción de los enfermos cómo una expresión de la presencia de Dios en la enfermedad humana y de la fuerza taumatúrgica y del interés de Dios por quienes están gravemente enfermos. La Lumen gentium (n. 11) considera que: "Con la sagrada unción de los enfermos y la oración de los sacerdotes, toda la Iglesia encomienda los enfermos al Señor que sufre y que es glorificado, para que atenúe sus penas y los salve. Mas bien, les exhorta a unirse espontáneamente a la pasión y a la muerte de Cristo para contribuir, de esta manera, al bien del pueblo de Cristo".
El texto apenas indicado, amplía todavía más la comprensión del Sacramento. El Concilio de Trento había afirmado que "esta unción tenía que ser utilizada para los enfermos pero, sobre todo, para los que lo estaban gravemente (infirmi) al punto de aparecer cercanos a la misma muerte". El Concilio di Trento confirió a la "Extrema Unción" la especificidad de la gracia del Espirito Santo a las dimensiones espirituales, psicológicas y físicas de la enfermedad y de la muerte. Sabemos que en la práctica, en el período entre el Concilio di Trento y el Concilio Vaticano II se percibió una ampliación de la interpretación del "peligro de muerte", solicitado para la unción. Además, en realidad nos hemos trasladado hacia una idea recuperada, según la cual, la "Extrema Unción" es verdaderamente una unción para confortar y sanar a los enfermos. Sin embargo, entre la mayor parte de católicos aquí en nuestro país, ha dominado la idea que el sacramento fuese destinado a los moribundos, y la llegada del sacerdote para suministrar el Sacramento atemorizaba al mismo modo mucha gente, tanto a los individuos como a las familias. Por lo tanto, el sacerdote no era convocado hasta que el paciente no caía en coma o ya no era consciente.
El documento oficial sobre la "Unción y Cuidado Pastoral de los Enfermos" fue publicado durante el pontificado de Papa Pablo VI en 1972. Casi diez años después, el ICEL publicó su texto definitivo. "Los ritos revisados para los enfermos y los moribundos evidencian el ministerio pastoral de los enfermos, recuperan la tradición original de la unción de los enfermos y operan una distinción clara entre el cuidado pastoral del enfermo y cuidado pastoral del moribundo" (Charles Gusmer).
Con el "nuevo rostro" de este Sacramento, se verificó un buen desarrollo de otros ritos para la curación de los enfermos. En algunos lugares, dicho desarrollo ha sido especialmente rico. Por ejemplo, "la comunión de los enfermos ve al cristiano que sufre unido en fe y esperanza a sus hermanos y a sus hermanas en la asamblea eucarística". El canon 1002 del Nuevo Código de Derecho Canónico permite la celebración de una unción colectiva con otros miembros de la comunidad local (con frecuencia la parroquia) que participan con devoción.
Muchas veces, el Sacramento de la unción es ahora administrado como una verdadera y propia "celebración" que coloca la enfermedad (y también la muerte) en un contexto cristiano bello y auténtico.
Los fieles descubren, a través de su experiencia de los ritos, la presencia salvífica y el misterio de Dios en la grave enfermedad de los cristianos. Estos reciben el coraje y la paz de Dios y, en modo diferente, Su fuerza y Su consuelo. Les inspira y les mueve la convicción de poder unir su propia enfermedad y pena, al sufrimiento redentor de Jesús y, por esto, el Señor crucificado y resucitado entre en esta fase de su vida, para unirla a su misterio pascual, a su ópera salvífica. Podemos afirmar que "detrás" de este Sacramento existe una implícita teología del sufrimiento cristiano. En los tiempos secularizados en los que vivimos, la celebración de este Sacramento revela el significado cristiano específico sobre la enfermedad y el sufrimiento.
Como ya hemos indicado, el viaticum (alimento para el viaje) tiene, con razón, que ser considerado el Sacramento de los moribundos: el Cuerpo de Cristo que es un alimento para el último viaje que el cristiano debe cumplir. Estamos animados a administrar el viaticum en el seno de una asamblea eucarística, con una renovada profesión de fe y la Comunión realizada en ambas formas. ¿Probablemente esto no nos dice quizás que el viaticum debe ser administrado pronto, apenas el paciente y sus parientes han comprendido y aceptado que la muerte está cerca? La celebración del viaticum puede ser interpretada como "el equipaje del peregrino" para su viaje en su verdadera patria, donde encontrará vida y amor eternos y su corazón encontrará la paz para la cual ha sido creado.
Algunas consideraciones conclusivas sobre el Sacramento de la Unción: los documentos de la Iglesia más recientes permiten la Unción de una amplia gama de enfermos, incluso los que están muy debilitados por la enfermedad y ancianos, quienes están próximos a ser operados por una enfermedad grave, incluso niños con suficiente capacidad para razonar, personas mentalmente enfermas (una nueva disposición). Efectivamente, no debería existir la unción indiscriminada de quienes no están verdaderamente mal, sino que la caridad pastoral, sugeriría no restringir de manera excesiva la administración de este Sacramento, que puede ser de gran ayuda para los fieles que luchan contra las enfermedades y sufrimientos más graves. Una lectura meditada de lo que nos dice el orden de la Unción sobre la gracia de este Sacramento, permitirá comprender mejor su finalidad: "este Sacramento dona la gracia del Espíritu Santo a quienes están enfermos. Con esta gracia toda persona es ayudada y salvada, sostenida por la confianza en Dios y hecha más fuerte frente a las tentaciones del mal y al ansia ligada a la idea de la muerte. Por esto, el enfermo es capaz, no sólo de soportar el sufrimiento con coraje sino también de combatirlo. A la recepción del Sacramento puede seguir la recuperación de la salud física, si será benéfica para la salvación del enfermo. Si es necesario, el Sacramento también ofrece al enfermo el perdón de los pecados y la penitencia cristiana" ( Cf. Sulla Cura Pastorale degli Infermi, par. 6).