Prof. Alfonso Carrasco Rouco, Madrid: EL DOLOR Y LA VIDA ESPIRITUAL
"Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera de su Evangelio nos abruma" (GS 22f). Del tormento del dolor y la progresiva disolución del cuerpo, del temor a la muerte y a la propia extinción, el hombre se habría librado si no hubiera pecado, pues "ha sido creado por Dios para un destino feliz más allá de los límites de la miseria terrestre" (GS 18b). El dolor y la muerte son un signo imponente y dramático de que el hombre no subsiste por sí mismo, no es autosuficiente; sino, por el contrario, débil y vulnerable, pobre y necesitado. Esta vulnerabilidad nos habla, sin embargo, de la naturaleza profunda del hombre, creado por Dios para la relación con Él y que no puede subsistir ni alcanzar su forma y vida plena si no es en comunión con Él.
El misterio del dolor tiene, pues, la misma profundidad que el del pecado; o, mejor, que la profundísima llamada a la comunión con Dios que conforma todo el ser humano. Por consiguiente, no tendrá nunca respuesta fácil, pues es necesario llegar a esta radicalidad de la propia condición humana. Jesucristo ofrece la respuesta a este enigma, pero de un modo que desafía radicalmente las posiciones que suelen adoptar los hombres. En su obra de redención, ha vivido la comunión plena con el Padre, la obediencia amorosa e ¡limitada a su voluntad, en la situación de nuestra naturaleza herida y vulnerable, pasible y mortal. Por designio misericordioso divino, asumió las consecuencias del pecado, el dolor físico y moral del hombre de modo libre, unido al Padre en un mismo Espíritu y unido a todos los hombres como hermanos de la misma carne y sangre. Convirtió así el dolor de su pasión en testimonio supremo de su unión con la voluntad del Padre, de su provenir de Él y no de sí mismo; en el lugar máximo de la oración, de la petición humildísima y confiada de salvación ; en la realización suprema de su unidad, de su solidaridad profundísima con todos los hombres que sufren bajo el peso del mal y de la muerte. Presentando así todo su ser al Padre en ofrenda, en el altar de la cruz, fue escuchado y recibió la respuesta de la salvación, la vida, la resurrección, de la gloria en el Espíritu, que puede ya comunicar a los suyos.
Este será ya siempre el camino real para unir el dolor de la existencia humana y la vida en espíritu y verdad. Ningún hombre puede agotar ni responder adecuadamente al misterio del dolor; todos están llamados, en cambio, a vivirlo unidos a Cristo. Gracias al don de su Espíritu, el cristiano puede afrontar el sufrimiento con los mismos sentimientos de Cristo Jesús: reconociendo que no es señor de sí mismo, sino que proviene, es creado y existe por obra del Padre; dando testimonio de la libre acogida de su voluntad, con obediencia nacida del amor; sin ser vencido, acomodándose al mal, sino confiando y esperando contra toda esperanza en el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios de vida y de gloria, y rogándole, por tanto, de todo corazón y con todas las propias fuerzas que venga con su salvación, vencedora del mal y de la muerte; ofreciéndole, en fin, el propio ser con toda la profundidad escondida en el dolor, la angustia o la oscuridad, y poniéndose así en sus manos, unidos al dolor y a las necesidades de todos los hombres, para salvación propia y, por gracia inmensa, para salvación de los hermanos según el designio de Dios.
En pocas palabras, Jesucristo ha vivido en el Espíritu el dolor y la muerte, llevando al hombre a una nueva y definitiva comunión con Dios. Sólo unidos a Él, participando de su Espíritu, es posible al cristiano integrar el dolor en la propia vida espiritual. Como a Él, que sólo llegó a la Resurrección a través de la Pasión, también para nosotros el sufrimiento puede convertirse en lugar de máxima fecundidad, al servicio del designio salvífico de salvación, si, unidos al Misterio de la Cruz de Cristo, aceptamos completar en la carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo" (Col 1, 24).