El primado de Pedro en Ut Unum Sint

Prof. Michael F. Hull, New York

La encíclica Ut unum sint (25 de mayo de 1995) de Juan Pablo II elabora una noción refinada del primado de Pedro dentro del papel que el papa desempeña como siervo de la unidad de los cristianos. En los siglos XIX y XX, en el primer período del movimiento ecuménico, se destaca especialmente la evolución del ecumenismo protestante, que culmina con la formación del Consejo Mundial de Iglesias en 1948; pero, en lo sucesivo, predomina la huella católica. La decisión de Juan XXIII de invitar a observadores no católicos al Concilio Vaticano II, el decreto del Concilio sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio (21 de noviembre de 1964) y las numerosas iniciativas ecuménicas de Pablo VI han colocado a la Iglesia a fines del siglo XX en la vanguardia del ecumenismo entre los cristianos. Con Ut unum sint, Juan Pablo II no sólo desea que la Iglesia guíe las iniciativas ecuménicas actuales sino que al mismo tiempo se esfuerce por poner en marcha nuevas tentativas para alcanzar en el siglo XXI la unidad entre cristianos, en especial por medio del ministerio petrino. En efecto, el papel del ministerio petrino es servir a todos los cristianos "para que todos sean uno" (Jn 17,21).

Según Juan Pablo II, Ut unum sint es una encíclica "esencialmente de naturaleza pastoral" que se propone "alentar los esfuerzos de todos los que trabajan por la unidad" (n° 3). Pero Ut unum sint es mucho más. Es un llamado que convoca a todos los cristianos -católicos y no católicos por igual- para que aspiren profudamente a la unidad deseada por el Señor; y, al mismo tiempo, es un hito que recuerda que la responsabilidad por la unidad recae sobre los hombros de todos los cristianos -católicos y no católicos por igual- aunque recae en primer lugar sobre los hombros del sucesor de san Pedro. El texto de Ut unum sint se divide en tres capítulos: "El compromiso católico por el ecumenismo", "Los frutos del diálogo" y "Quanta est nobis via? (¿Cuánto camino nos queda por andar?)". Nuestro análisis de la encíclica constará de dos partes. En primer lugar, examinaremos la enseñanza del pontífice sobre el empeño de la Iglesia por el ecumenismo y los frutos de los últimos diálogos. Luego, examinaremos el camino que queda por andar y por qué el primado de Pedro es indispensable para avanzar hacia la unidad de los cristianos.

El compromiso ecuménico católico y los frutos del diálogo

Juan Pablo II nos recuerda que el Concilio ha empeñado irrevocablemente la Iglesia en el ecumenismo, y que es deber del obispo de Roma promover la exigencia de la comunión plena entre todos los discípulos de Cristo. En efecto, al citar Unitatis redintegratio, el papa reconoce que existe ya un vínculo estrecho, una unidad esencial, entre todos los cristianos: "Todos los que han sido justificados por la fe en el bautismo se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos por los hijos de la Iglesia católica como hermanos y hermanas en el Señor" (n° 13). Como el bautismo, muchos elementos constitutivos de la Iglesia pueden hallarse fuera de sus fronteras visibles. El bautismo y el don del Espíritu Santo que lo acompaña garantizan la realidad de la gracia que actúa en todas las demás Iglesias y comunidades eclesiales. Es por eso que existe ya una comunión comunión parcial entre todos los cristianos. "El ecumenismo tiene precisamente la finalidad de hacer que la comunión parcial existente entre los cristianos crezca hacia la comunión plena en la verdad y la caridad" (n° 14). El cambio de corazón, que debe realizarse en todos los cristianos, empieza por la oración común, ecuménica. "Cuando los cristianos rezan unidos, el objetivo de la unidad parece estar más cercano. La larga historia de los cristianos, signada a menudo por desgarradoras divisiones, parece volver a convergir al tender hacia la fuente de su unidad que es Jesucristo" (n° 22). La relación recíproca entre la oración y la comunidad infunde un sentido de la unidad más profundo y despierta en nosotros la conciencia de que lo que nos une es algo mucho mayor que aquello que nos separa. De esta manera, la oración y la comunidad llevan naturalmente al diálogo. "Cuando se emprende un diálogo, cada una de las partes debe dar por sentado que la otra desea la reconciliación, la unidad en la verdad. Para que ello ocurra, debe desaparecer toda expresión de oposición recíproca. Sólo así el diálogo nos ayudará a superar la división y nos acercará a la unidad" (n° 29).

El diálogo nos conduce necesariamente a un examen de conciencia. Y ese examen nos coloca ante la verdad de que todos somos pecadores, todos necesitamos de la gracia y todos hemos pecado de alguna manera contra la unidad de los cristianos. Sin la menor duda, el amor a la verdad nos obliga a presentar la totalidad de nuestras doctrinas con claridad, con convicción y sin ambages. "Por supuesto, la plena comunión ha de producirse por medio de la aceptación de toda la verdad a la que el Espíritu Santo guía a los discípulos de Cristo. Por ello, deben ser totalmente evitadas todas las formas de reduccionismo o de "acuerdo" superficial. Deben resolverse los problemas serios porque, de lo contrario, volverán a surgir en otras ocasiones, sea en los mismos términos, sea bajo otras formas" (n° 36; cfr. nos. 18 y 133). Por eso, el ecumenismo no consiste en ignorar las diferencias sino en destacar lo compartido. Cuando nos concentramos en la verdad -o en las distintas maneras de expresar con solvencia la verdad- no sólo reconocemos mejor nuestra incapacidad para transmitir las realidades divinas trasladadas a un lenguaje humano, sino que apreciamos mejor la manera en que otros cristianos transmiten esa misma verdad. Pero el ecumenismo es más que eso. Los cristianos deben cooperar en los ámbitos pastoral, cultural y social. Esa cooperación nos acerca a la unidad y también "se vuelve una forma de testimonio común cristiano y un medio de evangelización que beneficia a todos los que están comprometidos en él" (n° 40).

Los frutos más importantes del diálogo se basan en la comunión en el carácter bautismal. Y el papa no desea que se ignore que ya han sido alcanzados importantes progresos ecuménicos. Así lo demuestran las iniciativas comunes de los cristianos en defensa de la libertad, la justicia y la paz en el nombre de Cristo. Lo ponen de manifiesto los esfuerzos ecuménicos por compartir la riqueza de las interpretaciones de la Palabra de Dios, como también la renovación de la liturgia y los sacramentos. Todas estas manifestaciones nos han conducido a una mayor comunión en el cristianismo. La Iglesia ha reanudado los contactos profundos y sinceros con las Iglesias de oriente y las comunidades eclesiales de occidente. "Ante el mundo, la acción conjunta de los cristianos en la sociedad tiene claramente el valor de un testimonio común en el nombre del Señor..." y "la comunión en la fe existente entre los cristianos es un cimiento sólido para su acción común, no sólo en ámbito social sino también en el campo religioso. Esa cooperación facilitará la búsqueda de la unidad" (n° 75). El papa, al citar las iniciativas ecuménicas de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I, y, al mismo tiempo, sus propios esfuerzos por la unidad de los cristianos, observa que la causa de Cristo ha hecho avances decisivos en términos de paz. "Cuando contemplamos el mundo, la alegría inunda nuestros corazones. En efecto, vemos que los cristianos sienten cada vez más el reto de la paz y tienen conciencia de que está estrechamente vinculada con la proclamación del Evangelio y con la llegada del reino de Dios" (n° 76).

Quanta est nobis via?

Juan Pablo II afirma claramente que el empeño de la Iglesia en el ecumenismo y los progresos que ya se han registrado son encomiables y cuentan, por cierto, con el favor de Dios. Sin embargo, no es suficiente. "El fin último del movimiento ecuménico es el restablecimiento de la plena unidad visibile entre todos los bautizados. De cara a ese objetivo, los logros alcanzados hasta este momento son sólo etapas en el camino, por muy prometedoras y positivas que sean" (n° 77). Por otra parte, afirma con igual claridad que la Iglesia debe comenzar un "diálogo de conversión" (n° 82). El camino ecuménico hacia la unidad plena es difícil. Exige arrepentimiento y confianza en el Señor. Aunque el diálogo de la conversión presente desafíos enormes, es Dios quien lo quiere y no podemos "vacilar en emprender la conversión a las expectativas del Padre" (n° 85). Por eso debemos ser extremadamente conscientes del testimonio cristiano y la sabiduría que ofrecen las demás Iglesias y comunidades cristianas, debemos estar dispuestos a reconocer la santidad presente fuera del recinto visible de la Iglesia y debemos aspirar a estar a la altura de las esperanzas y las expectativas de nuestros hermanos cristianos. En otras palabras, la Iglesia tiene una responsabilidad especial en la cristiandad ante la unidad ecuménica.

El papa, al citar Lumen gentium para indicar que sólo la Iglesia católica ha preservado el ministerio petrino -"el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad"- proclama su papel único en la búsqueda de la unidad de los cristianos como servus servorum Dei. "Esta designación es la mejor salvaguardia posible ante el peligro de escindir el poder (y en especial el primado) del ministerio" (n° 88). El papa no duda en afirmar que la sede de Pedro es signo y aval de la unidad, y que lo reconforta el hecho de que otras Iglesias y comunidades eclesiales hayan expresado su disponibilidad para volver a examinar el ministerio petrino en la cristiandad. En los nos. 90–92, el papa enumera los numerosos pasajes de las Sagradas Escrituras referentes a la vocación especial de san Pedro durante el ministerio terrenal del Señor y en los primeros tiempos de la Iglesia. Agrega el papa: "Como heredero de la misión de Pedro en la Iglesia, que debe fructificar por la sangre del Príncipe de los apóstoles, el obispo de Roma ejerce un ministerio cuyo origen se encuentra en la abundante misericordia de Dios. Esa misericordia convierte los corazones y derrama la fuerza de la gracia cada vez que el discípulo experimenta el sabor amargo de la debilidad y la incapacidad personal. La autoridad propia del ministerio está completamente al servicio del plan misericordioso de Dios y siempre deberá ser considerada de esa manera. En este sentido se explica su fuerza" (n° 92).

El ministerio petrino no es, pues, un ministerio de dominio, sino de guía hacia el Señor y en el Señor. "La misión del obispo de Roma en el colegio de los pastores consiste precisamente en "vigilar" (episkopein), como un centinela para que, por medio de los esfuerzos de los pastores, la verdadera voz de Cristo, el Pastor por excelencia, pueda ser escuchada por todas las Iglesias particulares, de manera que en cada una de las Iglesias particulares confiadas a esos pastores, la una, sancta, catholica, et apostolica Ecclesia se vuelva presente. Todas las Iglesias están en comunión plena y visible porque todos los pastores están en comunión con Pedro y, por ello, unidos en Cristo. Con el poder y la autoridad, sin los cuales su oficio sería aparente, el obispo de Roma debe asegurar la comunión de la Iglesia. Por eso es el primer siervo de la unidad" (n° 94). El papa reafirma con fuerza, al recordar que el obispo de Roma presidió la unidad durante el primer milenio del cristianismo, que todo lo que concierne a la unidad entre los cristianos forma parte de las preocupaciones legítimas de la sede de Pedro.

De esta manera, el papa ofrece a todos los cristianos su sagrado ministerio. Pide el papa encarecidamente a todos los cristianos que recuerden cuán difícil es predicar al mundo la reconciliación cuando nosotros mismos no nos hemos aún reconciliado. La falta de unidad entre cristianos es perjudicial para la predicación del Evangelio y una ofensa a la ley del amor. El ministerio petrino se ofrece como ayuda para todos los cristianos para guiarlos a la unidad y, a través de ella, al Señor.

El papa exhorta a obispos, sacerdotes y laicos, como preparación para el tercer milenio del cristianismo, a que asuman sus respectivas responsabilidades, así como él mismo acepta las suyas, a fin de promover "la unidad de todos los cristianos apoyando todas las actividades e iniciativas emprendidas para ese fin, con la conciencia de que la Iglesia tiene esa obligación por la voluntad misma de Cristo" (n° 101; cfr. n° 19). Declara, además, que la gracia del Espíritu Santo ha de permanecer siempre con nosotros para conducirnos a la unidad. Por parte nuestra, debemos seguir rezando, dando gracias y poniendo en el Señor nuestra esperanza de que llegaremos a ser uno.

En fin, ¿cómo debemos entender el primado de Pedro en Ut unum sint? Ante todo, debe destacarse que Juan Pablo II apoya con su autoridad de magisterio una interpretación específica de Lumen gentium y Unitatis redintegratio y de la abundante enseñanza de sus antecesores inmediatos. El papa subraya, de manera hasta el momento desconocida en la Iglesia, la urgencia del ecumenismo. Esto no quiere decir que el ecumenismo careciera de importancia en el pasado, sino que el papa reclama la atención a la urgencia del problema de la división entre cristianos y la exigencia de tratar de resolverlo sin demora. En segundo lugar, el papa reconoce el enorme peso que él y su oficio sobrellevan. El papa considera que el ecumenismo es un rasgo constitutivo del ministerio petrino que él ejerce. Esto no significa que las tristes divisiones entre cristianos no preocuparan a sus antecesores; indica más bien que el papa actual destaca insistentemente su papel como sucesor de Pedro, primer siervo de la unidad.

Pero quizás el testimonio más llamativo de Ut unum sint es la facilidad con la que todo cristiano puede leer esta encíclica del obispo de Roma. En muchos aspectos, Ut unum sint es precisamente un ejemplo de ecumenismo. En Ut unum sint, Juan Pablo II escribe como siervo de la unidad de todos los siervos de Cristo, en su esfuerzo por alcanzar la unidad de la que el obispo de Roma es responsable, con la ayuda de Dios y por medio de su gracia.