Depositum fidei sancte custodire et fideliter exponere…:
el servicio del primado a la fe

Dr. Rodney Moss (Johannesburg)

La constitución dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I (1870) indicó el lugar que tenía el primado del obispo de Roma en la tradición de la Iglesia antigua. Según san Ignacio de Antioquía, la Iglesia de Roma "preside en el amor" (Carta a los Romanos 52), mientras san Ireneo afirmaba: "Y con esta Iglesia, a causa de su más eficaz preeminencia, es preciso que concuerden todas las demás que existen en el mundo, ya que los cristianos de los diversos países han recibido intacta en ella la tradición apostólica" (Adv. Haer. III 3,3).

La Iglesia local de Roma debía su prestigio y su primado a la memoria de los apóstoles Pedro y Pablo. Su antigua tradición, enlazada con los dos apóstoles, garantizaba su pertenencia verdadera a Cristo. La Iglesia de Roma encarnaba la memoria y el lugar de referencia de la fe apostólica; por esa misma razón se la la veía como al "custodio", "centinela" y "piedra de toque". La función de guía que el obispo de Roma ejercía en el colegio de los obispos residía en su función de "supervisión" (primado) sobre todas las Iglesias. Por eso, la constitución describe el ministerio del Pontífice romano como un ministerio de servicio para la unidad de todo el pueblo de Dios con estas palabras: "Y para que el episcopado pudiera ser también uno e indiviso y para que, por medio de un sacerdocio estrechamente unido, la muchedumbre de los fieles permaneciera en la unidad de la fe y la comunión sin desviaciones, (Cristo) estableció a Pedro por sobre los demás apóstoles".

La costitución afirma además que el poder del pontífice supremo no menoscaba el poder ordinario e inmediato de la jurisdicción episcopal; por el contrario, éste es "afirmado, reforzado y protegido por el pastor supremo y universal". Según el Concilio Vaticano II, el primado del papa es ejercido en el celo y la custodia de la unidad de todas las Iglesias. Lumen Gentium afirma: "El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles" (n° 23). La mejor manera en que se ejerce la autoridad del guardián, del primado, es en su deber de interrogar a las Iglesias por amor a las exigencias de la verdad y por su fidelidad a la doctrina apostólica.

En conclusión, es importante pena observar que teólogos ortodoxos, anglicanos y luteranos, que han integrado distintas comisiones para el diálogo con la Iglesia católica, consideran, con diferentes matices, que, de alguna manera, el ejercicio del primado por parte del obispo de Roma es "normal", "deseable" o "provechoso". Según las memorables palabras de Atenágoras, patriarca de Constantinopla, pese a la ruptura de la unidad de los cristianos, la sede romana sigue siendo considerada "como la primera según el honor en el cuerpo vivo de las Iglesias cristianas dispersas por el mundo" (Atenágoras, Alocución a Pablo VI, 26 de octubre de 1967).