Prof. Silvio Cajiao, Bogotà
"Resurrectionen vero futuram humanae credimus carnis..."
Esta afirmación del Sínodo de Toledo del inicio del siglo quinto (Cfr. DH 190; DZ 20) que tiene una forma de Símbolo de la fe y que corresponde a la parte conclusiva del mismo, encuentra correspondencia en los símbolos anteriores, si bien el Símbolo niceno (325) no hace tal afirmación, sin embargo el Nicenoconstantinopolitano (381) si la incluye. El Denzinger introduce con una nota este Libellus in modum Symboli así: "Regla de fe católica contra todas las herejías [Empiezan las reglas de fe católica contra todas las herejías y principalmente contra los priscilianistas; reglas que hicieron los obispos Tarraconenses, Cartagineses, Lusitanos y Béticos y transmitieron a Balconio, obispo de Galicia por mandato del papa León, obispo de Roma...]
La idea de la pervivencia humana después de la muerte está atestiguada en la multiplicidad de las expresiones religiosas de la humanidad, sin duda, de muchas formas. Si bien la idea de la pervivencia casi siempre corresponde a una pervivencia de aquella parte espiritual, o interior del hombre. Ya en el Antiguo Testamento encontramos la hermosa afirmación de Job: "...después de que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré, no como extraño, mis propios ojos lo verán" (19, 25-26).
La percepción cristiana de la pervivencia después de la muerte del ser humano tiene como referente fundamental a Cristo resucitado vencedor de la muerte y obligatoriamente hemos de referirnos a la explicación que Pablo nos da en su 1ra. carta a los Corintios en el capítulo XV en donde nos habla de una transformación del cuerpo carnal en cuerpo espiritual en el verso 52 dice: nosotros nos transformaremos. Hay que comprender que la antropología bíblica no pretende ser dualista, y si bien Pablo habla de los elementos constituyentes del ser humano, sin embargo al hablar de "", carne, habla de ella como la totalidad del ser humano, por tanto la identidad del ser humano sufre una transformación en la muerte pero conserva su identidad inalterada, pasa de un cuerpo carnal a un cuerpo espiritual. (Cfr.1 Cor. 15, 35-57).
Esta semilla de resurrección de la totalidad de nuestro ser la hemos recibido por nuestra incorporación a la pascua de Cristo como nos lo dice Pablo en Romanos: "Por el bautismo nos sepultamos con él en la muerte, para vivir una vida nueva, lo mismo que Cristo resucitó de la muerte por la acción gloriosa del Padre. Pues si nos han injertado en una muerte como la suya, lo mismo sucederá por su resurrección." (6, 4-5)
La convicción de fe de la Iglesia expresada en muchísimos lugares del magisterio y en correspondencia con la revelación es pues la pervivencia total del ser humano en su integralidad más allá de la muerte, tiene el Dios de los vivos el poder de dar la vida en forma de inmortalidad por la transformación operada sobre la creaturalidad encarnada de su Palabra. En verdad, y parafraseando a Job, en nuestra carne tranformada veremos a Dios. Esta experiencia constituye para la vida mística el culminar de un proceso de purificación, configuración y unión, la visio Dei. Pero es para la fe cristiana el término de la existencia en el Señor resucitado hemos de resucitar con nuestra totalidad creatural transformada.