"La Vergine di Guadalupe, Patrona d’America, il suo influsso nella conversione dei popoli"

El Papa Juan Pablo II reconocía a Nuestra Señora de Guadalupe como la "primera evangelizadora de América Latina" (Cfr. 6-V-1990, No. 4). Las razones que sin duda tenía se remontan a esos días previos al encuentro de la Virgen del Tepeyac en ese 12 de diciembre de 1531 con el indígena Juan Diego, quien obedeciendo a la demanda del obispo Zumárraga recogió rosas en su tilma, en temporada que no se daban y al presentarlas ante el mismo obispo, la imagen de la Virgen con rostro indígena, se plasmó para siempre, no sólo en el ayate del indígena, sino en el alma del pueblo mexicano y latinoamericano.

Narran los cronistas que los aztecas presentaban resistencia a la propuesta misionera de los evangelizadores hasta que se da la aparición de la "perfecta siempre Virgen Santa María", como Ella misma se llama. Su rostro, de una joven indígena, sus vestidos que recogen los colores de las divinidades imperantes, su deslumbrante irradiación, la cinta negra que porta sobre el vientre que la señala como portadora de un hijo, es decir de vida y por tanto de esperanza ante unos indígenas que veían como su imperio azteca sucumbía ante la avanzada conquistadora, hará que la resistencia a la propuesta cristiana se cambie en una actitud de aceptación ya que han sentido que la "Señora del cielo" está de su parte.

Antonio Valeriano nos recogerá en la lengua náhuatl el relato mismo de San Juan Diego sobre las apariciones, más conocido como el Nican Mopohua, que proviene de la mitad del siglo XVI y probablemente de unos años antes. La seriedad del mismo relato reposa sobre la prestancia de Valeriano y su reconocimiento ante la sociedad de su época. En el largo proceso de validar ante la Sede Apostólica de Roma la autenticidad de tales apariciones llama la atención el testimonio de los artistas ante la originalidad de la imagen que se plasmó por los colores no equivalentes a los conocidos hasta el momento y por el perdurar de siglos de los mismos.

Juan Pablo II en su exhortación apostólica post sinodal Ecclesia in America nos dice que "Jesucristo es la "buena nueva" de la salvación comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo tiempo es también el primer y supremo evangelizador. La Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo crucificado y resucitado. "Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de su Evangelio". Por lo cual, "la Iglesia en América debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre. Este anuncio es el que realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo ha de ser anunciado con gozo, con fuerza, pero principalmente con el testimonio de la propia vida" (No. 67)

Y en ese mismo documento, a casi veinte años de su primera visita a México, nos vuelve a repetir: "El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Continente un símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha sido la estrella y guía. Con su intercesión poderosa la evangelización podrá penetrar el corazón de los hombres y mujeres de América, e impregnar sus culturas transformándolas desde dentro." (No. 70)