La propiedad privada en Rerum Novarum
Michael F. Hull
Las enseñanzas de la Iglesia sobre la propiedad privada han sido una voz que clama en el desierto en contra del pensamiento pervertido y generalizado de muchas personas durante los tiempos modernos, un pensamiento que reduce al hombre a esclavo del estado. Robar la propiedad de una persona e impedir la adquisición de la misma hacen que el hombre, la familia y la sociedad humana se derrumben y se conviertan en nada más que medios de producción. El Papa León XIII lee los signos de los tiempos en el siglo XIX con una claridad supina. León XIII supo ver los errores y los males subyacentes en el marxismo, el comunismo y el socialismo. Sus visiones, contenidas en Rerum Novarum (15 de mayo de 1891) son asombrosas. Cien años después de Rerum Novarum—con la gran ventaja de la retrospectiva y habiendo visto la esclavización y muerte de millones de personas que forman el pueblo de Dios bajo la bandera del colectivismo— el Papa Juan Pablo II escribió Centesimus Annus (1 de mayo de 1991), en parte como retrospectiva de [Rerum Novarum] con el fin de volver a descubrir la riqueza de los principios fundamentales formulados por la misma en lo que se refiere a la cuestión de la condición de los trabajadores. (CA, número 3).
El principio primordial de estos principios fundamentales es expresado simple y claramente por León: "Poseer bienes en privado es derecho natural del hombre" (RN, número 6). El mismísimo propósito por el que el hombre trabaja es asegurar la propiedad para sí mismo con la expectativa razonable de que dicha propiedad seguirá en su poder. La tierra y sus frutos son un regalo de Dios a la humanidad (Génesis 1:28–30). Los frutos de la tierra son obtenidos por el hombre sólo con la inversión de su trabajo, por ello "es justo que el fruto del trabajo sea de aquellos que pusieron el trabajo" (RN, número 10).
Consciente de las turbulencias políticas y sociológicas de su época, en la que algunas clases se creían erróneamente en enemistad con las otras, León prevenía a todos para que fuesen conscientes de la justicia distributiva y de la caridad cristiana: "la verdadera dignidad y excelencia del hombre radica en lo moral, es decir, en la virtud; que la virtud es patrimonio común de todos los mortales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres; y que el premio de la felicidad eterna no puede ser consecuencia de otra cosa que de las virtudes y de los méritos, sean éstos de quienes" (RN, número 24).
León advertía que "la cuestión que tratamos no puede tener una solución eficaz si no es dando por sentado y aceptado que el derecho de propiedad debe considerarse inviolable. Por ello, las leyes deben favorecer este derecho y proveer, en la medida de lo posible, a que la mayor parte de la masa obrera tenga algo en propiedad" (RN, número 46). Previó, además, que la incautación de la propiedad privada por parte del estado coloca a la humanidad en el terreno resbaladizo del absolutismo, del colectivismo estatal. La legitimidad de todo gobierno depende de su capacidad para proteger al hombre, la familia y la sociedad humana; y el estado no puede nunca apropiarse de sus competencias para sí mismo (RN, números 14 y 35).
Siguiendo la presciencia y los conceptos de León, Juan Pablo nos recuerda que la obligación del hombre de ganar su pan con el sudor de su frente presupone el derecho a hacerlo (CA, número 43). La usurpación de la propiedad privada, que sigue siendo uno de los grandes peligros de nuestra época, es contraria a la ley natural y divina. Como enseñan las Sagradas Escrituras, "el obrero tiene derecho a su salario" (1 Timoteo 5:18; cf. Mateo 10:10; Lucas 10:7; 1 Corintios 9:14 y Santiago 5:4).