Una visión sapiencial
+ Georges Card. Cottier, OP.
Hemos sido llamados a dirigir una mirada, llena de espíritu de gracia, sobre el Pontificado de Juan Pablo II, cuyo XXV aniversario hemos festejado: un cuarto de siglo, que se encabalga entre dos milenios, en que se han sucedido acontecimientos que han comportado rotundos cambios históricos; cambios que no han sido indiferentes para la vida misma de la Iglesia y su misión y que constituyen a su vez, para ella, muchos otros desafíos.
La responsabilidad pastoral del Santo Padre le exige comprender el sentido de esos acontecimientos. Sobre este tema volveremos más adelante.
Por el momento, queremos destacar en la acción del Sucesor de Pedro una doble polaridad: los viajes apostólicos expresan la atención destinada a cada Iglesia en particular y presentan, al mismo tiempo, palabras, decisiones y acciones que conciernen a toda la humanidad. Hablar de dos polos no implica, de ninguna manera, establecer una separación entre dos ámbitos, pues en la Iglesia siempre se funde una compenetración entre lo particular y lo universal.
El aspecto que deseamos subrayar es el de da visión sapiencial, porque la sabiduría envuelve a todos los seres y los acontecimientos en la luz de Dios, en la que se encuentra su última razón de ser.
La encíclica Fides et Ratio (n° 44) presenta al respecto una página de gran importancia. Refiere la intuición de Santo Tomás sobre la naturaleza de la sabiduría cristiana. El Aquinate se refiere a la Sabiduría como don del Espíritu Santo que inicia en el conocimiento de las verdades divinas. Podemos citar:
"Conoce por connaturalidad, presupone la fe y llega a formular su juicio recto a partir de la verdad de la misma fe. La sabiduría mencionada entre los dones del Espíritu Santo es distinta de la que figura entre las virtudes intelectuales. Ésta se adquiere con el estudio; la primera "llega desde lo alto", como dice Santiago. Asimismo, se distingue de la fe. Porque la fe acepta la verdad divina tal como es, mientras que lo propio del don de sabiduría es juzgar según la verdad divina. Sin embargo, la prioridad que reconoce a esta sabiduría no le hace olvidar al Doctor Angélico la presencia de otras dos formas complementarias de sabiduría: la filosófica, que se funda en la capacidad del intelecto, en sus límites connaturales, de investigar la realidad; y la teológica, que se funda en la Revelación y examina los contenidos de la fe, alcanzando el misterio mismo de Dios".
De esta manera, la sabiduría se realiza de manera analógica en distintos niveles de nuestro espíritu y estas formas han de integrarse en una unidad orgánica.
Pienso que encontramos aquí el principio de la unidad del pensamiento de Juan Pablo II. El Papa es un filósofo: filósofo cristiano, abierto a la teología y, sobre todo, como Sucesor de Pedro, custodio del depositum fidei, recurre a la teología para determinar el sentido exacto de la doctrina y proporcionarle una formulación adecuada. Pero, ante todo, Juan Pablo II es hombre de oración.
La inspiración originaria de su pensamiento nace de la vida de oración. En ella encuentra su principio de unidad. Los textos más recientes aluden a ello de manera explícita. Pienso en el texto "programa" pastoral y misionero, enunciado de manera lapidaria en Novo millennio ineunte: santidad y oración, en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, en la encíclica Ecclesia de Eucaristia. Si no se hace referencia a las fuentes espirituales de las que hablan estos documentos, se corre el riesgo de no comprender la lógica que rige un número impresionante de intervenciones y documentos que distinguen el pontificado actual.
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La sabiduría nace de la contemplación, no obstante, es la que guía la acción. En este sentido, es provechoso reflexionar sobre la relación entre doctrina y pastoral. La tendencia, actualmente difundida, de separarlas se opone a la naturaleza de las cosas, porque el mensaje evangélico es un mensaje de salvación, palabra de vida, y el anuncio del mensaje requiere naturalmente un esfuerzo para ayudar a quien lo ha recibido a que lo viva y lleve una existencia conforme a sus exigencias, crezca en la vida teologal y moral. Se trata de aspectos complementariso, necesarios de la misión misma, considerada en su totalidad.
Las intervenciones o la insistencia en algunos puntos doctrinales se explican esclusivamente por la peculiar capacidad de Juan Pablo II de leer los signos de los tiempos. Algunas veces su lectura revela una gran perspicacia política, que, sin embargo, no puede ser reducida a la política, aun en el sentido más noble de la palabra. Esos signos de los tiempos son huellas de la acción o del designio de Dios en la historia, que pueden ser leídos sólo a la luz de la fe.
De hecho, la experiencia de los totalitarismos ha marcado de manera decisiva al Santo Padre. Es significativo que su reflexión sobre el tema se dirija espontáneamente hacia aquellos santos que han estado implicados, más o menos directamente, en las grandes tragedias del siglo XX: Sor Faustina, Padre Kolbe, Sor Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein). Como me decía un testigo directo, algunas de estas decisiones logran entenderse verdaderamente sólo al saber que han sido tomadas de rodillas.
Es éste el contexto que permite comprender el papel desempeñado por el Santo Padre en la caída del muro de Berlín o en iniciativas, como las reuniones de Asís, a las que fueron invitados a rezar por la paz los representantes de las grandes religiones. ¿Qué intuición ha llevado a un acto tan audaz?
Indudablemente, la percepción de la unidad de la familia humana y también la percepción del sentido religioso grabado en el corazón de cada hombre, porque cada uno es conducido a encontrar en sí mismo la actitud fundamental de la criatura frente al Creador, a quien son debidos la obediencia y el culto de una existencia según la verdad y la justicia.
Ese sentido superior de las solicitaciones de la historia explica una cantidad de gestos fuertemente expresivos. Mencionaré sólo dos: el Papa abrazado al Crucifijo durante la ceremonia del pedido de perdón del 12 de marzo de 2000, y su oración ante el muro de los lamentos en Jerusalén.
Al invocar la lectura de los signos de los tiempos y algunos gestos cargados de un fuerte simbolismo, he querido subrayar que también la acción pastoral brota de una mirada de sabiduría.
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Como Pablo VI, Juan Pablo II se ha comprometido constantemente en el desarrolo de las intuiciones y en la realización de las decisiones del Concilio Vaticano II. Sus logros son numerosos. Deben citarse en especial los dos Códigos de derecho canónico y el Catecismo de la Iglesia católica.
Pero ahora quiero detenerme en la dimensión doctrinal. Es sabida la actuación de Karol Wojtyla en la elaboración de Gaudium et spes. Dos citas vuelven a menudo en su enseñanza. La primera es el n° 22: "Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación. Así pues, no es nada extraño que las verdades ya indicadas encuentren en Él su fuente y alcancen su culminación".
En mi opinión, a la luz de este texto capital se comprende mejor la unidad profunda de la enseñanza de Juan Pablo II. De hecho, todo lo que la Iglesia dice del mundo y su destino cobra su sentido en el misterio de Cristo. Mientras el ateísmo de Feuerbach hablaba de una deriva y una degradación de la cristología en la antropología, se afirma, al contrario, con vigor que un humanismo integral encuentra en el misterio de Cristo su fundamento auténtico. Además, se pone de manifiesto el vínculo orgánico entre la Constitución pastoral Gaudium et spes y la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia.
No me parece exagerado considerar el párrafo 22, que acabamos de citar, como el germen de las grandes encíclicas de los primeros tiempos del Pontificado sobre las Personas divinas de la Santa Trinidad, a las que se debe agregar la encíclica Redemptoris Mater, que esclarece el vínculo existente entre Cristo y la Bienaventurada Virgen María. Este tema transmite toda la enseñanza mariana del Santo Padre: Rosarium Virginis Mariae define el rosario como una oración cristológica y contemplativa.
Por otro lado, el mismo arraigo cristológico le permite a Juan Pablo II afirmar que la doctrina social de la Iglesia es parte integrante de su predicación.
Otra afirmación de Gaudium et spes (n° 24, § 3), repite: "... el hombre, que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma".
Esta frase presenta dos afirmaciones de gran importancia. La primera es el fundamento del concepto cristiano del hombre: el hombre es una persona; posee derechos sagrados que la sociedad y los demás deben respetar de manera absoluta. La aplicación de este principio es muy amplia, incluye desde los derechos del hombre hasta la bioética.
La segunda tiene referencia a la realización de la humanidad de la persona en el don de sí y por medio de éste. Queda descartado un concepto individualista, en el que el individuo está replegado en sí mismo y sus intereses. En particular, allí se encuentra uno de los fundamentos de la doctrina del amor humano y del matrimonio.
Es necesario disipar, al respecto, un prejuicio muy difundido: se oye decir que Juan Pablo II tiene una gran apertura de ideas cuando habla de cuestiones sociales, pero es rígido, rigurosamente rígido, cuando trata cuestiones referentes a la moral sexual y a la moral conyugal. En mi opinión, se trata de una crítica injustificada, pues se comprende claramente si se considera que las relaciones entre el hombre y la mujer son el lugar primero y principal del respeto y el reconocimiento de la persona. Es así que en las sociedades en que se niega la igualdad entre el hombre y la mujer y ésta es tratada como un ser inferior, son sociedades que no saben dominar la violencia.
La lectura de los signos de los tiempos, que no considera directamente los acontecimientos, sino las tendencias, a menudo contradictorias, que actúan en la sociedad contemporánea, ha inducido a Juan Pablo II a discernir la apuesta cultural fundamental representada por la defensa de la familia. Ésta defensa no sería la debida si no se reconocieran al mismo tiempo los derechos de la mujer y las riquezas humanas del genio femenino.
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Al tratar de focalizar el principio de unidad y la coherencia de la enseñanza de un pontificado especialmente fecundo, hemos tenidos que soslayar algunos documentos y gestos que tienen la misma importancia. Me conformo con mencionarlos.
La verdad del amor humano remite a la verdad del hombre, que es la premisa de la consideración de la moral. La gran encíclica Veritatis splendor (1993) presenta las nociones fundamentales de la moral cristiana mientras denuncia dos desviaciones típicas de la mentalidad actual: la disociación entre libertad y verdad y entre fe y moral. Evangelium vitae sigue el derrotero de Veritatis splendor. El Santo Padre ha implicado su autoridad en la condenación de pecados particularmente graves, como el aborto o la eutanasia.
Y la verdad es también el tema de otra gran encíclica, Fides et Ratio (1998), que ofrece una respuesta clara a la crisis de la verdad.
Es necesario recordar también el pedido de perdón: la Iglesia santa, que en su seno comprende a pecadores, perdona y pide perdón. El llamado a la purificación de la memoria tiene consecuencias muy importantes para la eclesiología. En esta perspectiva, Juan Pablo II ha despejado el camino para una teología cristiana de Israel.
Por último, la doctrina de la paz ha tenido bajo este pontificado un desarrollo de gran importancia.
Sería necesario citar otros temas más, como, por ejemplo, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, la inculturación. Pero el tiempo que me ha sido asignado ha llegado a su término.