SACERDOCIO Y
FAMILIA, UN BINOMIO EN LA DOCTRINA DE LA IGLESIA
TELECONFERENCIA
DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
28 de MARZO del 2006
P. PAOLO SCARAFONI, L.C.
El sacerdocio y la familia provienen de
Dios mismo, y expresan el proyecto de amor del Creador y la economía de la
salvación.
El amor nupcial de Dios por el hombre
La Sagrada Escritura presenta la unión
profunda entre el único Dios conocido en la fe y el hombre, que experimenta ser
amado por Dios con gratuidad, pasión y misericordia. Dios se vincula al hombre
con intensidad y exclusividad de Esposo (Deus Caritas Est 9). Esto es
confirmado por las alianzas que caracterizan la relación entre Dios y el
hombre, (CCC 50-75): la alianza de las naciones, la alianza de Abraham en la fe
y en la promesa, la alianza de Moisés en la ley y finalmente la nueva y eterna
alianza de Cristo en la gracia y en el amor. El corazón traspasado de Cristo en
la cruz revela toda la identidad de Dios como amor, inmolado "por nosotros
y por nuestra salvación eterna". Ese vínculo de amor con Cristo y con los
hermanos es perpetuado en el sacramento de la Eucaristía, anticipo y memorial
de la donación de Cristo en la cruz. El Sumo y Eterno Sacerdote, que intercede
por nosotros en los cielos ante la presencia del Padre, también es el Esposo
fiel de la Iglesia su Esposa, la cual desea unirse para siempre y clama al
Esposo "Maranathà, ven Señor Jesús": "El Espíritu y la Esposa
dicen ‘¡Ven!’. Y el que escucha debe decir ‘¡Ven!’” (Apoc.22, 17).
El amor de Dios y la familia
La propensión al vínculo intenso de amor
que aspira a la inmortalidad también caracteriza en su íntima naturaleza al
hombre creado a imagen y semejanza de Dios; el hombre busca a su mujer para
vincularse a ella con exclusividad, abandona al padre y a la madre, con la esperanza
de no morir gracias al amor. Juntos, el hombre y la mujer representan la entera
humanidad. "A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio
monogámico. El matrimonio basado en el amor exclusivo y definitivo se convierte
en el icono de la relación de Dios con su pueblo y viceversa: el modo de amar
de Dios se convierte en la medida del amor humano" (DCE 11).
La familia es el primer lugar donde se
manifiesta y se vive concretamente el amor de Dios, donde Dios y la humanidad
se asemejan. Sobre las familias se funda el designio de bien, de justicia y de
amor de parte de Dios por la humanidad. Las familias están en la base de la
sociedad porque constituyen la nación o patria, especialmente si comparten la
misma fe en Dios, si tienen la misma cultura, habitan un territorio, siguen
costumbres y lengua en común (Cfr. Juan Pablo
II, Memoria e identidad, sección "Pensando Patria",
capítulos 11-15).
La dignidad del vínculo familiar
La familia “no es solamente la célula
fundamental de la sociedad en sentido genérico, sino que posee una propia y
peculiar subjetividad", la cual se reconoce delante de Dios creador
providente y redentor; la oración del “Padre nuestro" recitado por la
familia permite experimentar la consistencia del vínculo familiar querido por
Dios y santificado por Cristo. En el segundo libro de Samuel (c. 24) se dice
que el Señor castigó a David y todo su pueblo por haber efectuado el censo con
la pretensión de disponer de los individuos del pueblo fuera de las propias
familias, y de interponer el poder del soberano entre Dios y las familias. La
teología del decálogo ha puesto en evidencia que Dios ha dictado la ley de las
familias que están en comunión con Dios, la cual puede ser entendida y vivida
en la responsabilidad y plena conciencia de cada uno solamente en el contexto
de las familias (Cfr. G. Quell, Patér,
B, en Grande Léssico del Nuovo Testamento, IX Paideia, Brescia 1974; C.J.H. Wright, Familiy, en The
Anchor Bible, Doubleday, Nueva York 1992).
El proyecto de Dios para la familia revelado
por Cristo: matrimonio y paternidad
Cristo es el centro de cada vida
cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar, y da sentido a todo otro
vínculo familiar y social. La luz plena sobre la familia viene de Cristo; Él no
vivió solo, "no conviene que el hombre esté solo" (Gen. 2.18),
pero pasó la mayor parte de su vida en la familia de Nazaret, modelo de todas
las familias cristianas. Luego constituyó alrededor de si esa particular
familia de discípulos, que fue el germen de la Iglesia. En su enseñanza Él
llamó fuertemente la atención sobre el designio inicial de Dios creador (Mt.
19,1ss) quien "al principio" creó al hombre varón y mujer, para que
formaran una sola carne, predisponiendo el matrimonio monogámico en la
fidelidad y en la indisolubilidad, "cual fundamento del bien común de
la familia" (Familiaris Consortio). Con la expresión "al
principio" Cristo se refería al secreto y sabio pensamiento y al
omnipotente deseo creador de la Trinidad "hagamos al hombre a nuestra
imagen, según nuestra semejanza" (Gen. 1,26) contradicho por nuestra
dureza de corazón y por nuestro pecado, mas nunca cambiado por Dios; se expresa
una intención de bien intenso para la humanidad, que se asemeja mucho a Dios
mismo: "Dios creó el hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios; los
creó varón y mujer" (Gen. 1,27) para que siendo una sola carne (Mt.
19,6) como esposos constituyeran un communio personarum.
También el ser padres responde a la
semejanza divina. La paternidad no existe sin la maternidad, y cada paternidad
deriva de Dios Padre, que es el Padre por excelencia. La paternidad-maternidad
consolida el vínculo de los Esposos en la imitación de Dios Padre y en la dócil
sumisión a Él. La paternidad y la maternidad deben ser vividas como misterio,
como don recibido, y frente a cada posible crisis causada por el pecado, por el
egoísmo o la debilidad, es muy importante volver de rodillas a la fuente de la
Paternidad divina, para tomar luz y fuerza: "Por eso doblo las rodillas
delante del Padre, del que cada paternidad en los cielos y sobre la tierra toma
nombre" (Ef 3,14-15).
El misterio de Cristo Esposo de la Iglesia
El matrimonio y la familia son "un
gran misterio" en relación a la comunión entre Cristo y la Iglesia (Ef
5,32). Con su santa humanidad Cristo está unido a la Iglesia, que es
constituida como un Cuerpo Místico, de gran pureza y belleza, gracias a la
unión con Cristo. San Pablo presenta la comunión entre Cristo e Iglesia a
través de la analogía entre Cabeza y Cuerpo; y a través de la analogía entre
Esposo y Esposa. El Apocalipsis considera la Iglesia Esposa de Cristo, su
Esposo; viven en el anhelo de la unión definitiva, (Apoc. 21,17). "Esta
revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de
Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el sacrificio que
Jesucristo hace de él mismo en la Cruz por su Esposa, la Iglesia. En este
sacrificio se revela completamente ese designio que Dios ha impreso en la
humanidad del hombre y la mujer, desde su creación” (cfr. Ef 5,32s); el
matrimonio de los bautizados se vuelve así el símbolo real de la nueva y eterna
Alianza, ratificada en la sangre de Cristo" (Familiaris Consortio 13).
Esta dimensión nupcial entre Cristo y la Iglesia indica que la finalidad
dispuesta por el amor de Dios para la vida de cada hombre y para las familias
humanas se encuentra en la vida eterna de Dios, en el seno de la Trinidad donde
reposa la humanidad de Cristo. Cada familia cristiana tiende hacia esta
dimensión de eternidad. También la generación de los hijos no es solamente para
la vida terrenal y material, sino para la vida eterna. Eso otorga una dignidad
única a cada hombre que viene a la existencia, plenamente realizada gracias a
la salvación de Cristo.
Los sacerdotes se identifican con Cristo
Esposo de la Iglesia y con el Padre
Los sacerdotes viven la dimensión nupcial
de Cristo en virtud de la ordenación sacerdotal que los identifica con Cristo
Cabeza del Cuerpo Místico, Esposo de la Iglesia. "Por tanto, no se
puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial si no es
bajo este multiforme y rico conjunto de relaciones que brotan de la Santísima
Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia, como signo e instrumento,
en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano [25].
Por ello, la eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la
identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el
Pueblo de Dios y en el mundo" (Pastores dabo vobis 12). La
misión específica de los sacerdotes, como la de Cristo, es en orden a la
salvación de la Iglesia, es decir, procurar la vida eterna a la Iglesia y a la
humanidad entera en la comunión con Cristo. La fidelidad y la totalidad de la
donación de Cristo Esposo se manifiesta en los sacerdotes a través de la
caridad hacia todos, hacia la totalidad del Cuerpo Místico, de la Iglesia
esposa; pero también hacia todos los hombres por los que Cristo se inmola en la
cruz. La preferencia por algunos, la exclusión o hasta el rechazo de alguien
traiciona el carácter sacerdotal, la totalidad de la consagración y donación a
la Iglesia Esposa. El corazón de los sacerdotes, por lo tanto, está formado en
la caridad universal, para amar a todos, para no cerrar las puertas a nadie,
para no rechazar, ni abandonar ni traicionar a la Esposa en ninguno de sus
miembros.
Los sacerdotes viven la dimensión de
paternidad que desciende del Padre, fuente de cada paternidad, y es manifestada
por Cristo el Buen Pastor. Su paternidad es espiritual, para la vida eterna,
para la comunión con Cristo; es universal y con su ministerio generan muchos
hijos e hijas a la vida eterna.
Amor nupcial universal y celibato
El carácter universal del amor de Cristo
es expresado en los sacerdotes de modo eminente por el celibato, al que son llamados
los sacerdotes en la iglesia latina. Es también muy estimado en las iglesias
orientales. El celibato permite amar en la gratuidad a las personas confiadas a
la cura pastoral, prescindiendo de la raza, cultura y nación, y de ejercer la
paternidad espiritual para la vida eterna.
Cristo mismo es el fundamento de la
catolicidad y la universalidad en el amor: Él es hijo único de Maria; no tuvo a
otros hermanos carnales y fue predispuesto perfectamente a la fraternidad
universal; Él, siendo hijo de Dios, nacido por obra del Espíritu Santo, incluso
perteneciendo a la nación hebrea es radicalmente el primogénito, el hermano
mayor no de otros hermanos carnales o solamente de un pueblo, sino de todas las
naciones, de cada hombre. Su amor apasionado hasta dar la vida en la cruz no
tiene exclusividad, pero prefiere y abraza con amor exclusivo a todos los
hombres y mujeres de la humanidad. Él llama fuertemente a aspirar a la vida
eterna, y recuerda que la matrimonio pertenece a este mundo, y con su
virginidad señala el destino en la casa del Padre. Los presbíteros están
llamados a hacer transparente en su vida la imagen de Cristo que ama.
La Iglesia, las familias y la virginidad
consagrada
La Iglesia está formada por familias. Es
considerada como una gran familia, dentro de la cual cada familia vive como
Iglesia doméstica (LG 11). La Iglesia es llamada "la casa de Dios",
según 1Tim. 3,15 y Ef. 2,19-22; en Apoc. 21,3 se usa la expresión “morada de
Dios con los hombres”. La Iglesia también es llamada por San Pablo, como hemos
visto, "Cuerpo místico de Cristo" y el Concilio Vaticano II la llama
"pueblo de Dios”. La característica de la Iglesia es la universalidad o
catolicidad, con la capacidad de hermanar a hombres y mujeres de familias,
naciones y etnias, culturas y lenguas diferentes. La especificidad del amor del
Espíritu Santo efuso en la Pentecostés, del Padre y del Hijo sobre la Iglesia,
ha expresado justamente el carácter universal y católico que faltaba en las
otras alianzas, sea en ésa de las naciones, sea en la de la promesa, sea en la
de la ley.
En el Nuevo Testamento se dice que
familias enteras adhirieron a Cristo, y constituyeron puntos de referencia para
la comunidad de los cristianos (Hech.18,8). Los primeros discípulos de Cristo
eran parientes entre ellos. Eso sucedía entre familias hebreas y también entre
familias paganas. Pedro bautizó por primero en Cesarea al romano Cornelio y a
toda su familia (Hech. 10). También en Roma en las Domus Ecclesiae tenemos
el claro testimonio de familias que se convirtieron y ofrecieron el calor y el
amparo del hogar para toda la comunidad cristiana, poniendo a disposición su
propia casa para las reuniones de la comunidad, la celebración de la Eucaristía
y la catequesis, continuando la costumbre referida por los Hechos de los
Apóstoles 2,42: "todos se reunían asiduamente para escuchar la
enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del
pan y en las oraciones”. "Estas familias convertidas eran islotes
de vida cristiana en un mundo no creyente" (CCC 1655). Sin embargo en
el Nuevo Testamento también tenemos la
presentación de casos de personas, sea hombres que mujeres, que por adherir a
Cristo en la Iglesia eran rechazados por la familia de procedencia y obligados
a abandonarla, porque no eran aceptados como cristianos. La adhesión al Señor
no los privó de la familia, sino que para ellos la Iglesia se convirtió en su
única familia, la familia católica convocada por el Padre, capaz de acogerlos,
que no les hacía faltar nada. Estas conversiones más radicales expresan un
sentido de la universalidad y catolicidad insito en la adhesión a Cristo, que
se extiende más allá de la pertenencia familiar carnal.
En el Evangelio también son presentadas
las llamadas de Cristo a la consagración total al servicio suyo y de la
Iglesia, sin formar una familia según la carne. En la Iglesia hubo formas de
consagración desde los primeros momentos. Las familias cristianas en la Iglesia
alientan y protegen las vocaciones a la consagración. La belleza de la familia
cristiana no contradice, sino que más bien indica y exalta la belleza de la
vida consagrada. "La estima de la virginidad por el Reino (Cfr Lumen
gentium, 42; Perfectae caritatis, 12; Optatam totius, 10) y el sentido
cristiano del Matrimonio son inseparables y se favorecen recíprocamente"(CCC
1620); "El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de
vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se
estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando
la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador,
pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos" (Familiaris
consortio 16).
El principal apostolado de la Iglesia es
la familia
El principal apostolado de la Iglesia, y
de modo especial de los laicos, es la familia. "En nuestros días, en un mundo frecuentemente
extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia
primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora", (CCC 1656).
A partir del siglo pasado el Espíritu Santo ha inspirado varios fundadores de
movimientos y nuevas comunidades laicales a poner en el centro de su apostolado
a la familia. Las familias cristianas culturizan el mundo, realizan la
civilización del amor. "El hogar es así la primera escuela de vida
cristiana y ‘escuela del más rico humanismo’, (Gaudium et spes, 52). Aquí se
aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón
generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la
oración y la ofrenda de la propia vida" (CCC 1657). Los discípulos de
Cristo al principio no habían entendido esta vocación, que los diferenciaba sea
de los judíos de aquel tiempo que de los paganos; le respondían a Cristo que
usaba un lenguaje duro de aceptar. Esto significa que para vivir la familia
según el evangelio, según el designio verdadero de Dios aclarado bien por el
Hijo, se necesita una respuesta de fe a la vocación a ser cristianos. La
vocación del cristiano implica para muchísimos la llamada a la formación de una
familia cristiana. Hace falta la ayuda de Cristo, los sacramentos, la oración.
Cristo está cerca de los Esposos: el Esposo está con ustedes, el Buen Pastor,
el Esposo entre los esposos, como en Caná. Por eso las familias necesitan mucho
la cercanía y la ayuda de los sacerdotes.
Intercambio de dones entre Iglesia y
familia, entre sacerdocio y familias
De todo lo dicho captamos un gran
intercambio de dones entre Iglesia y familia, entre sacerdotes y familias, que
provienen del mismo Dios y están al servicio recíproco.
La familia recibe de Dios, de Cristo y de
la Iglesia el carácter monogámico (que no es posible percibir bien sin la ayuda
de Cristo, a causa de la dureza de los corazones), la fidelidad y exclusividad
en el amor, la diligencia y la totalidad en el ejercicio de la paternidad, la
aspiración a la vida eterna y el respeto total de la vida. La familia permanece
tal y crece en su propia identidad en la medida de su unión con Dios y con
Cristo. En este sentido el papel de los sacerdotes que prolongan la humanidad
de Cristo se vuelve fundamental para la familia. La familia que se separa de
Cristo no se sostiene por mucho tiempo en sus características esenciales. La
familia que se aleja del sacerdote se aleja de Dios. ¡Cuántas familias hoy se
han alejado de los sacerdotes! Cuánto es indispensable acercarlas a los
sacerdotes, para acercarlas a Cristo y al Padre. Los sacerdotes enseñan y
catequizan, celebran los sacramentos, especialmente la eucaristía, rezan junto
a la familia y por la familia. Los sacerdotes acogen todas las intenciones y
las llevan al sacrificio eucarístico.
Las familias aprenden de la Iglesia y
especialmente de los sacerdotes y de los consagrados, a abrirse a las otras
familias, a no encerrarse en intereses particulares. En el bautismo se recibe
el don del amor sobrenatural y universal, que nos hace hijos de Dios y que
permite y ordena de amar en Cristo con realismo y concretamente a todos los
hermanos, amados por Cristo. Donde hay una familia realmente cristiana,
difícilmente las familias y las personas cercanas sufren el hambre, el
abandono, la pobreza. La Iglesia universal enseña a las familias la gratuidad,
la solidaridad, la justicia y la universalidad en el amor y enseña a superar el
particularismo y el interés parcial. "En nuestros días, en un mundo
frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen
una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora"
(CCC 1656).
La Iglesia tiene que ser una familia y
debe amar a las familias
La Iglesia asume de la familia la
característica de la familiaridad. La Iglesia tiene que ser una familia y de
este modo la deben experimentar todos los cristianos, todas las familias, todos
los hombres, especialmente los más débiles. La Iglesia tiene que dar calor y
hospitalidad. Este ser familia de la Iglesia representa un gran bien para todos
los hombres, que encuentran en la Iglesia bondad y beneficios. La Iglesia
promueve en todas partes la causa del
hombre y de cada hombre. La Iglesia, y especialmente los sacerdotes en la
Iglesia tienen que realizar el ministerio en la paternidad y en la fraternidad
gracias al amor de Cristo vivido intensamente: no tienen que reducirse a ser
burócratas y administradores sino verdaderos pastores. Tienen que hacer experimentar
a los hombres el amor de Cristo.
La Iglesia protege a las familias, de modo
especial en las circunstancias actuales. Hoy las familias están expuestas al
ataque de la mentalidad del mundo que quiere destruirlas: es puesta en
dificultad la fidelidad y la indisolubilidad del matrimonio a causa de las
costumbres inmorales, especialmente la pornografía que reduce la mujer a un
objeto de placer. Se ataca el carácter sagrado de la vida con el aborto, con la
eutanasia. Se profana la dignidad de la procreación. ¡Cuánto sacerdotes,
obispos y el mismo Papa, han defendido las familias! Solas no podrían resistir
al mundo que las quiere destruir.
La Iglesia ruega por las familias. Las
alimenta con los sacramentos gracias al ministerio sacerdotal.
El celibato de los sacerdotes y la mujer
en la Iglesia
El celibato no aísla a los sacerdotes,
sino al contrario: les permite amar con mayor intensidad, gratuidad y pureza a
la Iglesia y a todos los hombres y las mujeres. El modo de amar a las mujeres
de parte del sacerdote se inspira en el amor por la madre y por las hermanas.
Tal amor, por tanto, se aprende sobre todo en la familia de origen del
sacerdote. El corazón puro de los sacerdotes permite tener gran estima y
colaboración de parte de las mujeres. Al contrario, los afectos particulares
generalmente tienen como resultado la desconfianza y el alejamiento.
La familia tiene un papel esencial en la
vocación sacerdotal: "la disgregación de la realidad familiar y el
oscurecimiento o tergiversación del verdadero significado de la sexualidad
humana. Son fenómenos que influyen, de modo muy negativo, en la educación de
los jóvenes y en su disponibilidad para toda vocación religiosa " (Pastores
dabo vobis 7). Al contrario, las familias cristianas ayudan a que los
jóvenes estén disponibles para conocer la vocación que Dios da a cada uno. Dios
en la llamada dirigida a los sacerdotes ha dispuesto que normalmente la madre
desarrolle un papel importante en la vocación del hijo. Además, la contribución
de sacrificios ofrecidos por la familia por la vocación del hijo,
particularmente costoso en el caso de los misioneros, redunda abundantemente en
la fecundidad del ministerio sacerdotal y vincula profundamente la familia al
sacerdocio.