El amor y lo Divino en el Deus Caritas Est
Michael F.
Hull
28 de febrero
de 2006
La
encíclica Deus caritas est (25
diciembre 2005) de Papa Benedicto XVI inicia con una cita de la Primera Carta
de San Juan: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y
Dios en él” (4, 16). Inspirándose en Juan, el Santo Padre identifica el amor y
la dimensión divina para subrayar “el
amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás”
(DCE 1).
Llamando la atención sobre el amor de Dios y sus
ramificaciones, Papa Benedicto explica la relación entre eros y ágape. Una
comprensión estrecha del amor lo limita al eros,
reduciendo en tal modo al hombre a su cuerpo como si fuera un bien de consumo.
Tal tergiversación ignora el hecho que “el amor promete infinidad, eternidad,
una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia
cotidiana” (n.5). Esto engendra en nosotros nociones como el sacrificio y la
exclusividad en el amor, que son expresadas en el típico sentido bíblico del
amor: el ágape (n. 6). El eros madura en el ágape sin ser borrado y sin crear una diferencia entre los dos.
Tenemos que tener cuidado con no identificar sólo el amor con el ágape y, así haciendo, negar la
necesidad del hombre de recibir aquel amor que le es mandado de dar (n. 7). El
amor, aunque bajo distintas formas, "es una única realidad” (n. 8).
En el Antiguo Testamento emerge una nueva imagen de Dios
y el amor. Encontramos Dios revelado no sólo como uno, sino también como el
autor de la creación. Además, encontramos un Dios que ama, que Israel elige
según una modalidad en que “este amor suyo puede ser calificado sin duda como
eros que, no obstante, es también totalmente ágape (n. 9). Por esta razón, profetas como Osea y Ezequiel
recurren a un lenguaje figurado erótico para describir la relación entre Dios e
Israel. El amor de Dios, el ágape de
Dios, es más que el eros, a causa de
su naturaleza que es capaz de perdón: “Un amor tan grande que pone a Dios
contra sí mismo, su amor contra su justicia” (n. 10). Encontramos una nueva
imagen del hombre que no se encuentra fuera revelación bíblica. Vale decir, el eros es intensamente inscrito en la
naturaleza del hombre y lo orienta hacia el matrimonio escatológico. Un Dios
monoteísta, en un matrimonio monogámico con su pueblo, se “convierte en el
icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa" (n. 11).
En el Nuevo Testamento, el amor de Dios se encarna en
Jesús Cristo, en cuya “muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí
mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo” (n. 12). En la
eucaristía, la complacencia divina es tal que no sólo Él se hace presente a
nosotros sino dona totalmente a sí mismo - cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Por la Eucaristía, nos convertimos en uno solo cuerpo en el Señor, en
conformidad con cuanto escrito en 1 Cor
10, 17. Pero hay más: “La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos
los demás a los que Él se entrega” (n. 14). Este carácter social se extiende
sin reservas a la entera humanidad, en cuánto “en el más humilde encontramos a
Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (n. 15).
Papa Benedicto quiere recordarnos que el amor de Dios y
el amor del prójimo van de la mano. Dios es visible a nosotros en Jesús; Dios
es visible en los que siguen al Señor, en la Iglesia y en los sacramentos. Dios
es amor, y en la medida en que nos quiere "nos hace ver y experimentar su
amor" (n. 17). El Santo Padre desea recordarnos que el amor del prójimo es
más perfectamente expresado en Jesús, que une el amor de Dios (Dt 6, 4-5) y de
lo próximo (Lv 19, 18) en un único mandamiento (Mt 22, 34-40; Mc 12, 29-31; Lc
10, 25-28; cf. también n. 1). “El amor es « divino » porque proviene de Dios y
a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un
Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa,
hasta que al final Dios sea « todo para todos » (cf. 1 Co 15, 28)” (n. 18).