El himno a la caridad de la primera Carta a los Corintios

  El capítulo 13 de 1 Cor. es justamente conocido como "himno a la caridad", o el ágape si nos referimos al vocablo griego que usa al Apóstol. El Santo Padre en su encíclica lo define como "la Magna Carta del entero servicio eclesial", y añade: "en él se resumen todas las reflexiones que he expuesto sobre el amor a lo largo de esta Carta encíclica" (n. 34).

El ágape es específicamente el amor cristiano, traducido como caridad por los escritores latinos y san Pablo subraya de él en primer lugar la absoluta necesidad a diferencia de los dones carismáticos, de los cuales él ha hablado ampliamente en el capítulo anterior de la carta. Estos dones son repartidos indistintamente por el Espíritu Santo, “distribuyéndolos a cada uno segú quiere" (1 Cor. 12, 11). Pueden ser excelentes y particularmente espectaculares, pero sin la caridad no sirven a nada a quien los ha recibido. 

El Apóstol hace una especial alabanza de la caridad describiendo como ella actúa. Para esto él se vale de una serie de verbos que subrayan, justamente, la operatividad del ágape. A veces las versiones en lenguas modernas no logran transmitirla con la expresividad del original en griego y ponen en sordina su sentido laborioso, afirmando marcadamente la calidad de este amor cristiano como algo estático: "la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa" (cfr 1 Cor. 13, 4). La caridad en cambio es activa, "actúa con ánimo grande y benigno […] se complace con la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera" (vv. 4.6-7) excluyendo al mismo tiempo toda sombra de negatividad: "no prueba envidia, no se jacta, no se engríe, no se comporta indecorosamente, no busca su interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no goza iniquidad" (vv. 4-6). Todas acciones que conciernen las relaciones cotidianas con lo próximo sea aquel que a menudo encontramos, todos los días, sea aquel que encontramos pocas veces, o una sola. No hace falta esperar circunstancias extraordinarias; es en la vivencia cotidiana donde la caridad despliega toda su maravillosa fecundidad. Ella de hecho es un amor divino, como el mismo Apóstol escribe a los Romanos: "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones a través del Espíritu Santo que nos ha sido dado" allí” (Rm 5, 5).

“La caridad no tendrá nunca fin" (1 Cor 8), mientras los dones carismático un día cesarán (cfr. vv. 8-12). Y de la tríada que caracteriza esencialmente la vida cristiana - fe, esperanza, caridad -, "de todo más grande es la caridad! " (v. 13). Y con este agudo desenlace se cierra el magnífico himno al ágape. 

 

Prof. Mons. Antonio Miralles