LOS PRESBITEROS, DISCIPULOS DE JESUCRISTO
(Ponencia en el Curso de Formación Permanente de la Conferencia del
Episcopado Mexicano, Monterrey-México, 1-5 de Septiembre del 2008)
Al proponer el discipulado de Jesucristo a cada uno de los cristianos y a
las comunidades, como itinerario de
seguimiento de Cristo y como configuración a Él, la V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, en Aparecida, ha retomado en forma original y
dinámica el camino de la santificación cristiana según los Evangelios. Esto
vale en forma particular para los sacerdotes y para todos los pastores de la
Iglesia. Así, el discipulado, según los Evangelios, se convierte en el núcleo
de la espiritualidad de los sacerdotes.
En el Evangelio de Marcos se lee: “Jesús subió al monte y llamó a los que
él quiso, y se reunieron con él. Así instituyó a los Doce (a los que llamó
también apóstoles), para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar,
dándoles poder para echar demonios (Mc 3,13-15). “Que estuvieran con Él”, he aquí el discipulado. “Para mandarlos
a predicar y para que tuvieran el poder de echar los demonios”, he aquí la
misión. El “estar con él” precede y acompaña la misión. El “estar con él”
constituye la escuela de espiritualidad.
¿Por qué es tan importante para los sacerdotes el “estar con Jesús” y ser
sus discípulos? ¿Qué podrían y deberían hacer los obispos para que sus
sacerdotes “estuvieran con Jesús”? Ahora trataremos de contestar estas
preguntas.
Los sacerdotes son, por la ordenación, ministros calificados de Cristo para
continuar la obra del Señor en el mundo, en la historia, hasta el final de los
tiempos, o sea, mandados al mundo para llevar el Evangelio de Jesucristo a
todas las creaturas. Tienen que anunciar Jesucristo y su Evangelio a los
hombres, y así, conducirles a Cristo para ser sus discípulos. Pero, para
calificarse a tan sublime ministerio, el sacerdote necesita, antes, él mismo
ser conducido a Cristo y, por Jesús, ser transformado en discípulo. ¿Cómo
podría conducir a otros si él mismo no hubiera hecho el camino? ¿Han hecho
nuestros sacerdotes una vez este camino? En general se debería poder contestar
afirmativamente. Es lo mismo que decir que nuestros sacerdotes han hecho una
vez una experiencia profunda de Jesucristo . Normalmente, ya en el seminario o
antes. Sin embargo, puede suceder que haya entre los ordenados algunos que no
han hecho nunca el camino del discipulado y, por tanto, para ellos el
sacerdocio se haya convertido en una especie de profesión eclesiástica, que
desarrollan como funcionarios que han aprendido a hacer su profesión. Un
ministerio, que para ellos, desafortunadamente, no significa realmente una
vocación y misión, que debería cambiar su ser, su vida integral, puesto que se
trata de un ministerio que une profundamente y les configura a Cristo-Cabeza de
la Iglesia.
Por otra parte, los que han hecho la experiencia de Jesucristo en el
pasado, la experiencia de Dios en Cristo, y se han vuelto sus discípulos,
pueden perder, desfortunadamente, esta gracia, este don, en los caminos de la
vida. De verdad, se trata de una gracia, que debe ser acogida con amor y
trabajada con cuidado y atención. Es una gracia, un don, que llevamos en
vasijas de barro. De modo particular, la cultura post-moderna no ayuda a los
sacerdotes a mantenerse en este discipulado. Más bien, niega toda
transcendencia y trata de hacer creer que una vocación como la sacerdotal, es
totalmente anacrónica y hasta sin fundamentos, retrógrada e irracional. El
sacerdote puede sentirse casi como engañado por la vida y pierde lentamente el
sentido de su vocación. En el fondo, pierde la fe. Es como si en el camino del
seguimiento de Jesús, el sacerdote empezara a quedarse cada vez más atrás y más
lejos de Jesús que camina adelante, hasta perderlo de vista en el horizonte, quedando
él mismo solo y extraviado. En verdad, eso puede ocurrirle no sólo a los
sacerdotes a causa del contacto con la cultura post-moderna, sino también en
otras situaciones. En todos estos casos, ¿cómo llevarles a un nuevo encuentro
con Dios? ¿Cómo hacerlos recomenzar desde Cristo?
Todo inicia siempre con un necesario encuentro personal con Jesucristo. En
los Evangelios vemos como el propio Jesús convierte las personas en discípulos
suyos a través de encuentros fuertes con ellas. Como primer ejemplo podemos
tomar Jn 1,35-51, en que se narra cómo ocurre la adhesión de los primeros
discípulos. Jesús había sido bautizado por Juan, en el río Jordán. Al día
siguiente, Juan Bautista estaba de nuevo allí con dos de sus discípulos.
Acontece que también Jesús en aquel
momento pasó de nuevo por allá. Juan, al verlo, lo proclamó, diciendo: “He ahí
el Cordero de Dios”. Oyendo esto, los dos discípulos de Juan se aproximaron a
Jesús y le preguntaron: “Donde vives?”.
Les dijo Jesús : “Venid y ved”. Ellos entonces fueron con Jesús , vieron donde
vivía y permanecieron con Él el resto del día.
Fue un encuentro personal muy fuerte de los dos con Jesús. Un encuentro que
Jesús espera que también nosotros
hagamos y siempre renovemos, un encuentro fuerte y personal con Él, para así
iniciar y desarrollar nuestro discipulado. Un encuentro cara a cara, de tú a
tú. De hecho, los dos discípulos de Juan que se encontraron con Jesús, se
dejaron atraer e involucrar personalmente. Saldrán de este encuentro
transformados, iluminados, entusiasmados. Se habían dejado alcanzar por
Jesús y éste los había impresionado
profundamente. Ellos creyeron en Jesús. Se adhirieron a Él con todo su ser. A
partir de este encuentro, tenían la certeza de que éste era el enviado de Dios,
el Mesías prometido, y esto los hacía vibrar de emoción y de alegría
espiritual. Estaban listos para seguirlo e invertir todo en Él. Él sería de
aquí en adelante su Maestro y su camino, su certeza y su felicidad. Se hicieron
sus discípulos, para nunca más dejarlo. Como dirá más tarde el apóstol Pablo,
también ellos podían decir: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso las
pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo, los
peligros o la espada? (...) Yo sé que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles
ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas
espirituales, ya sean del cielo o de los abismos, ni ninguna otra criatura
podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”
(Rm 8,35.38-39)..
Esas también deben ser las palabras que brotan de nuestro corazón, cuando
nos encontramos con Cristo. Pero, para eso, es preciso dejarse siempre alcanzar
de nuevo por Él, con el corazón abierto y disponible. Debemos poder decir con
el apóstol Pablo: “ya he sido alcanzado por Cristo” (Fp 3,12).
El texto evangélico continúa narrando como ellos salían de este encuentro
para anunciar a sus compañeros todo lo que habían experimentado y así
llevarlos, a su vez, a que se encontrasen con Jesús . Dice el texto que Andrés era
uno de los dos. Al salir del encuentro con Jesús, fue de prisa a buscar su
hermano Simón Pedro, para decirle, aún emocionado y feliz: “Encontramos el
Mesías”!. Esta afirmación, simple y entusiasmada, de Andrés debe haber
sorprendido profundamente Simón Pedro. Sí, pues, toda la nación de Israel
esperaba el Mesías, desde hacía siglos. Los profetas, de época en época,
recordaban eso al pueblo. Pero ahora, oír tan abruptamente de la boca de su
hermano: “Encontramos el Mesías”, debe haber causado una emoción intensa en
Pedro. Él acepta ir con Andrés para encontrarse con Jesús. Cuando llegaron,
Jesús mira a Pedro en los ojos, penetra toda su intimidad y después le dice:
“Tú eres Simón, hijo de Jonás; te llamarás Cefas (que quiere decir Piedra)”.
Seguramente el encuentro se prolongó. Cuando se apartaron de Jesús, Pedro y
Andrés habían sido conquistados para siempre. Sus vidas, desde ese momento en
adelante, cambiarán totalmente. Serán discípulos de este Jesús , en quien
reconocieron el Mesías.
Al día siguiente, Jesús encuentra
Felipe, que – como dice el texto – vivía en la misma ciudad que Pedro y Andrés.
De nuevo se repite la extraordinaria transformación, que hace de Felipe un
discípulo más. Él también, así como Andrés hizo con su hermano Pedro va a
buscar a alguien que pueda oirlo y a quien pueda transmitir la maravillosa
experiencia y el fuerte encuentro que cambió su vida y su futuro. Va a buscar a
Natanael y le dice: “Encontramos aquél de quien escribieron Moisés, en la Ley,
y los profetas: Jesús , el hijo de José, de Nazaret”. También Natanael se
siente sacudido por la sorprendente afirmación de Felipe y acaba yendo con él
al encuentro de Jesús . Este lo recibe con una aclamación que hace Natanael
sentirse inmediatamente acogido como si fuese un familiar, un conocido y amigo.
Jesús le dice: “He ahí un verdadero
israelita, en quien no hay engaño”. En el transcurrir de este encuentro,
también Natanael se siente transformado, atraído e iluminado. Se siente
involucrado personalmente y percibe que Jesús lo vincula a sí para siempre.
Natanael se adhiere a Jesús y cree que
Él es el Mesías prometido y exclama: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres
el Rey de Israel” (Jn 1,49).
Los Evangelios traen muchos otros ejemplos de encuentros de Jesús con
personas, que terminan creyendo en él, adhiriéndose totalmente a Él, haciéndose
sus discípulos y discípulas, capaces de invertir toda su vida en él y en su
Reino. Podemos citar los encuentros con los hermanos Lázaro, Marta y María, de
Betania, el encuentro con Nicodemo, con la samaritana, con María Madalena, con
Mateo (Levi), con el rico Zaqueo, y tantos otros. En todos los casos ocurrió
aquella extraordinaria transformación interior, la adhesión, la fe, la
prontitud en seguir a Jesús y ser su discípulo.
Pero cuando faltaban ciertas condiciones de disponibilidad interior y de
desarraigo, cuando otros intereses de poder, dinero o prestigio prevalecían en
el oyente de Jesús, el encuentro no desembocaba en una conversión, como
aconteció en el caso del joven rico, a quien el apego a la riqueza le impidió
seguir al Maestro. Lo contrario sucedió con Zaqueo, que también era rico, pero
se convirtió, devolvió el cuádruple de todo lo que había adquirido ilícitamente
y del resto dio la mitad a los pobres. Tampoco uno de los Doce, Judas
Iscariote, se convirtió nunca de
verdad. Juan lo acusa de ser ladrón. Algunos piensan que él tenía otro proyecto
de poder y dominación, que no coincidía con el proyecto de Jesús. Acabó
traicionando al Maestro y entregándolo a la muerte, recibiendo en cambio
treinta monedas. Finalmente, desesperado, se suicidó.
No podemos dejar de mencionar los encuentros que ocurrieron después de la
resurrección de Jesucristo. Esos encuentros renovaron y profundizaron la
adhesión de los discípulos y discípulas, los cuales, con el don del Espiritu
Santo, fueron fortalecidos y consolidados en la fe y en el discipulado.
Recordemos los encuentros de Jesús
resucitado con Magdalena y las otras mujeres, con Simón Pedro, con los
apóstoles reunidos, con Tomás especialmente, con los dos de Emaús, con la
multitud de discípulos reunidos a la hora de su ascención al cielo y más tarde
con Saulo (el apóstol Pablo), en el camino de Damasco. Siempre se trató
nuevamente de encuentros personales y también comunitarios, o sea, con la comunidad
que Jesús había fundado y consolidado con su resurrección y el don del Espíritu
Santo.
Jesús era el Dios invisible que se
había hecho visible en medio de nosotros. Era el Hijo de Dios hecho hombre, con
quien las personas que con él convivían podían encontrarse, como nosotros los
seres humanos nos encontramos unos con los otros. Sin embargo, sin la presencia
física de Jesús, después de su ascención al cielo, ¿cómo tener un encuentro
personal con Él?
El siempre recordado Papa Juan Pablo II, siervo de Dios, en Ecclesia in
America (EIA), n.10, nos orienta sobre el modo de tener un encuentro con
Jesucristo hoy, en el tiempo de la Iglesia. Encontrar a Cristo es un don de
Dios y no simplemente resultado de nuestros esfuerzos humanos. En realidad es
Él quien nos acoge y nos ama primero. Él llama a la nuestra puerta. Pero somos
nosotros quienes debemos acogerlo libremente. El apóstol Pablo, por eso,
escribió con razón: “Yo ya fui alcanzado por Cristo Jesús ” (Fp 3,12).
Jesucristo lo buscó y Pablo le abrió la puerta.
¿Donde puede darse hoy este encuentro o re-encuentro? Digo “re-encuentro”,
pues siempre debemos de nuevo re-encontrarlo. Debemos reconstruir y consolidar
nuestra adhesión de discípulos. Juan Pablo II nos indica algunas situaciones en
las cuales eso puede suceder. Primero, en la escucha de la Palabra de Dios, sea
oyendo la predicación del Kerigma fundamental, pues, como escribe Pablo, “la fe
nace de la predicación” (Rm 10,17), sea leyendo La Palabra de Dios. En el caso
de lectura, el Papa recomienda el método de la lectura orante (“lectio
divina”), “a la luz de la Tradición, de los santos Padres y del Magisterio, y
profundizada a través de la meditación y de la oración” (EIA, 12). Se trata de
una lectura en varios pasos: 1° leer despacio, con atención, como si fuera la
primera vez, para entender lo que quiso decir el texto cuando fue escrito; 2°
meditar el texto, para descubrir lo que el texto me dice hoy a mí y al mundo;
3° a partir de lo que yo entendí del texto, colocarme en oración y dejar el Espíritu
Santo orar en mí; es el momento del encuentro con Cristo; Él me hará
experimentar el amor con que Dios nos ama y nos amó primero; 4° contemplar el
misterio de Dios y sentirse involucrado personalmente con Dios, por Jesucristo,
en el Espíritu Santo. En este cuarto momento, no hay que decir muchas palabras,
sino sentirse delante de Dios y en Dios, como hijos muy amados.
Otro lugar donde podemos encontrar a Jesucristo es en la liturgia,
principalmente en la Eucaristía. La forma más real de su presencia entre
nosotros en este mundo, a través de la historia, está en la Eucaristía, en el
pan y en el vino consagrados. Este pan y este vino son el propio Cuerpo y
Sangre de Cristo, inmolado en la cruz y resucitado de entre los muertos. Aunque
en forma sacramental, Él está allí presente realmente, con su divinidad y su
humanidad inmolada y resucitada. Cuando comulgamos con la Eucaristía, nos
unimos con Cristo en la forma más profunda posible en este mundo. Esta
presencia real de Cristo en la Eucaristía se hace también con las visitas al
Santísimo Sacramento, fuera de la Misa, que se convierten en oportunidades
excelentes de encuentro con Él.
Otro lugar de encuentro es ciertamente la oración, tanto personal como
comunitaria. La oración puede constituirse en una oportunidad de profunda
intimidad con Cristo y de compromiso en ser su testigo en el mundo.
Otro lugar de encuentro con Cristo, dice Juan Pablo II, son los pobres, con
los cuales Cristo quiere ser identificado. De hecho, el amor a los hermanos,
sean de la clase social que sean, es siempre una forma de amar Dios y unirse a
Jesucristo como discípulo. Él mismo dice: “En esto reconocerán todos que sois
mis discípulos, si os amais unos a los otros” (Jn 13,35). Pero, entre los
hermanos, los pobres y sufridos de todo tipo deben tener la prioridad en
nuestro amor y solidaridad. Sin embargo sólo veremos a Jesús en los pobres, si
hubiéramos conseguido construir una relación personal muy fuerte y consciente
con Cristo.
Ciertamente hay aún muchos otros lugares y caminos para hacer este
encuentro y re-encuentro con Cristo. Lo importante es motivar los sacerdotes
para que busquen este encuentro, abran su espíritu y corazón, se dejen alcanzar
por Jesucristo, cultiven este “andar con Él”. Ahí está el fundamento sólido de
la espiritualidad que debe sostener el sacerdote en su vocación y misión. En
este contexto, quiero también decir una palabra sobre el celibato sacerdotal.
La Iglesia subraya que el celibato es un carisma, un don, que el candidato
al sacerdocio debe haber recibido del Señor. Un carisma es una gracia muy
especial, que se acoge y nutre en este “estar con Cristo” y en el “ser enviado
por Él”. Por eso, es necesario que, en el tiempo de la formación en el
seminario, los formadores hagan el discernimiento para verificar si realmente
el candidato recibió este carisma y eduquen el seminarista a vivirlo. Sólo así
podrán presentarlo al obispo como candidato apto a recibir la ordenación. El
propio obispo debe, en la medida de lo posible, cerciorarse de la presencia de
este carisma en los candidatos a las ordenaciones.
No hay duda que las circunstancias históricas y culturales en las cuales
hoy vivimos conllevan nuevos desafíos y exigencias para vivir el celibato. Juan
Pablo II escribe en la Pastores Dabo vobis (PDV): “Ciertamente hay una
fisonomía esencial del sacerdote que no cambia: en efecto, el sacerdote de
mañana, no menos que el de hoy, deberá asemejarse a Cristo. Cuando vivía en la
tierra, Jesús reflejó en sí mismo el rostro definitivo del presbítero,
realizando un sacerdocio ministerial del que los apóstoles fueron los primeros
investidos y que está destinado a durar, a continuarse incesantemente en todos
los períodos de la historia. (...) Pero ciertamente la vida y el ministerio del
sacerdote deben también adaptarse a cada época y a cada ambiente de vida... Por
ello, por nuestra parte debemos procurar abrirnos, en la medida de lo posible,
a la iluminación superior del Espíritu Santo, para descubrir las orientaciones
de la sociedad moderna, reconocer las necesidades espirituales más profundas,
determinar las tareas concretas más importantes, los métodos pastorales que
habrá que adoptar, y así responder de manera adecuada a las esperanzas humanas”
(PDV, 5).
Ya hemos visto muchos aspectos preocupantes de la actual cultura
post-moderna y la Pastores Dabo Vobis también lo recuerda, por ejemplo,
el racionalismo, la defensa exasperada de la subjetividad de la persona, un
tipo de ateísmo práctico y existencial, la disgregación de la realidad
familiar, el oscurecimiento o la distorsión del verdadero sentido de la
sexualidad humana, el agravarse de las injusticias sociales y la concentración
de la riqueza en las manos de pocos. En el ámbito eclesial, son preocupantes la
ignorancia religiosa, la escasa incidencia de la catequesis, ahogada por los
más difusos y más persuasivos mensajes de los medios de comunicación de masa,
el malentendido pluralismo teológico, cultural y pastoral, la desconfianza y
casi intolerancia hacia el magisterio jerárquico, los impulsos unilaterales y
restrictivos de la riqueza del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y
el testimonio de la fe en un exclusivo factor de liberación humana y social, el
fenómeno del subjetivización de la fe, el fenómeno de las pertenencias a la
Iglesia cada vez más parcial y condicionada (cf. PDV,7).
Debemos, en cambio, también estar atentos a múltiples factores que pudieran
favorecer una nueva apertura a los valores evangélicos. La Pastores Dabo
Vobis nos indica algunos de estos factores positivos: en la sociedad encontramos
“una sed de justicia y de paz muy difundida e intensa; una
conciencia más viva del cuidado del hombre por la creación y por el respeto a
la naturaleza; una búsqueda más abierta de la verdad y de la tutela de la
dignidad humana; el compromiso creciente, en muchas zonas de la población
mundial, por una solidaridad internacional más concreta y por un nuevo orden
mundial, en la libertad y en la justicia. Junto al desarrollo cada vez mayor
del potencial de energías ofrecido por las ciencias y las técnicas, y la
difusión de la información y de la cultura, surge también una nueva pregunta
ética; la pregunta sobre el sentido, es decir, sobre una escala objetiva de
valores que permita establecer las posibilidades y los límites del progreso” (PDV,6). En el ámbito religioso surgen nuevas posibilidades para la evangelización,
se nota una creciente difusión del conocimiento de las Sagradas Escrituras; se
presenta también un deseo de Dios y de una relación viva y significativa con
Él, que debería llevarnos a un constante examen de conciencia sobre nuestro
empeño en el anuncio y el testimonio vivo del Evangelio, que alcance nuestra
gente, que busca a Dios” (Cfr. PDV,6).
En este contexto, los sacerdotes de hoy tienen que vivir su vocación y su
misión y, por tanto, también su celibato. Pero, la sociedad post-moderna,
relativista, hedonista, secularizada y bastante materialista, subjetivista, que
propone una libertad individual sin reglas morales universales y absolutas, en
primer lugar, no valora la religión y menos aún el celibato sacerdotal. Todo lo
contrario. Lo considera como una decisión retrógrada, superada, hasta contraria
a la razón. Eso significa que el sacerdote necesita de especiales recursos para
vivir con dignidad y coherencia su celibato en el mundo de hoy. El obispo y el
presbiterio, como también la comunidad católica, necesitan ser apoyos vivos,
estimulantes y amigos para cada sacerdote, en el ámbito de la vivencia del
celibato.
En verdad, el itinerario del discipulado de Jesucristo se constituye en el
apoyo espiritual más significativo y eficaz para vivir el celibato sacerdotal.
“Estar con Jesucristo” y vivir el discipulado, favorecerá el crecimiento de la
identificación del sacerdote con Él. El celibato es el ejemplo que Cristo mismo
nos dejó. Él quiso ser célibe. La encíclica de Pablo VI, Sacerdotalis
Coelibatus, explica: “Cristo permaneció toda la vida en el estado de
virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los
hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo
se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la
misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más
perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de
sangre” (n.21). La misma encíclica aporta tres razones del celibato sacerdotal:
su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.
Comecemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una
nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús,
el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la
humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un
nuevo nacimiento, entrase en el Reino de los Cielos. Consagrado totalmente a la
voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su Misterio Pascual esta nueva
creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y
divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad”
(n.19).
El mismo matrimonio natural, benedicido por Dios desde la creación, pero
herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que “lo elevó a la dignidad de
sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia [...]. Cristo,
mediador de un testamento más excelente, abrió también un camino nuevo, en el
que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor, y
preocupada solamente por él y por sus cosas, manifiesta de modo más claro y
complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento” (n.20).
Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virgindad, que Jesús
mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra,
entre el Padre y el género humano. “En plena armonía con esta misión, Cristo
permaneció toda la vida en el estado de virgindad, que significa su dedicación
total al servicio de Dios y de los hombres”(n.21). Servicio de Dios y de los
hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús
entre nosostros. Virgindad por amor al Reino de Dios.
Ahora bien, Cristo al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la
salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad
de vida, unidos y semejantes a Él en la forma más perfecta posible. De ello
brota el don del celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y
profecía de la nueva creación. Así, llegamos al significado escatológico del
celibato, en cuanto es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino
definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.
De hecho, como enseña el Concilio Vaticano II, la Iglesia “costituye el
germen y el comienzo de este reino en la tierra” (Lumen Gentium, 5). La
virgindad, vivida por amor al reino de Dios, costituye un signo particular de
los “últimos tiempos”, pues el Señor ha anunciado que “en la resurreción no se
tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Saderdotalis
Caelibatus, 34). En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de
placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente
por el progreso de las ciencias y las tecnologías – recordemos las ciencias
biológicas y las biotecnologías – el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo
futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación,
es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías y
contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y
profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.
Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más
directamente a la actividad pastoral del sacerdote. La encíclica Sacerdotalis
Caelibatus afirma: “La virgindad consagrada de los sagrados ministros
manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural
fecundidad de esta unión” (n.26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo,
se casa místicamente con la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose
totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de
una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de
todos los hombres, sin distinción. “Así, el sacerdote, muriendo cada día
totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por
amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima
y fecunda, porque como Él y en Él ama y se da a todos los hijos de Dios”
(n.30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del
sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo
capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del
sacrificio.
Volvemos así al tema de la espiritualidad presbiteral. La encíclica habla
ahora de los medios para ser fieles al celibato. Entre ellos destaca la
importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser “testigo de
lo Absoluto”. Sobre la formación espiritual del sacerdote, la Pastores Dabo
vobis afirma: “Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta
personal a la pregunta fundamental de Cristo: “Me amas?” (Jn 21,15). Para el
futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (PDV,
n.42).
En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la
formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en
los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad
apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con
Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. La espiritualidad del
sacerdote, en consecuencia es “vivir íntimamente unidos a Él” (PDV, n.46), en
una relación de comunión íntima que se describe como “forma de amistad” (ib.).
La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible
si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su
testimonio: la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque
existe Cristo, que la hace posible. Sólo es testigo del Absoluto quien tiene a
Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Por eso la Sacerdotalis
Caelibatus dice: “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar, con
todo el amor que la gracia le inspira, su intimidad con Cristo, explorando su
inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo
del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo
de parecerle sin consistencia e incongruente” (n.75).
Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para
conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la
capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo
sea conocido, amado y seguido.
El sacerdote para vivir su celibato debe ser también un hombre de oración,
tanto comunitaria cuanto personal. La celebración cotidiana de la Eucaristía,
la “lectio divina”, o sea, la lectura orante de la Biblia, en especial de los
Evangelios, el Oficio divino integral, la adoración eucarística, la confesión
frecuente, la relación afectuosa con María Santísima, el rezo diario del Santo
Rosario, los ejercicios espirituales, son algunos de los medios y signos
espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido
con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y
de la sexualidad.
Sobre la espiritualidad presbiteral, el Concilio Vaticano II ha subrayado
la naturaleza y la importancia de una espiritualidad propia del presbítero
diocesano en cuanto tal. En esa época, muy, a menudo los sacerdotes buscaron el
camino de la santidad orientándose hacia la espiritualidad de algún Orden o
Congregación religiosa. El Concilio, mientras tanto, enseña que “Los presbíteros
conseguirán la santidad que le es propia si en el Espíritu de Cristo ejercen
las propias funciones con empeño sincero e infatigable”,
e, inmediatamente después, especifica que esto podrá ser realizado en el
ejercicio de los tres munus, es decir, “siendo ministros de la Palabra
de Dios”, “en su calidad de ministros de la liturgia, sobre todo en el sacrificio
de la Misa”, y “guiando y apacentando el pueblo de Dios", (cf. Presbiterorum
Ordinis, 13). En la Pastores Dabo Vobis, el Papa Juan Pablo
II, a propósito del hecho que muchos candidatos al sacerdocio provienen hoy de
los nuevos movimientos y de las nuevas espiritualidades, observa: “La participación del seminarista y del presbítero diocesano en
espiritualidades particulares o instituciones eclesiales es ciertamente, en sí
misma, un factor beneficioso de crecimiento y de fraternidad sacerdotal. Pero
esta participación no debe obstaculizar sino ayudar el ejercicio del ministerio
y la vida espiritual que son propios del sacerdote diocesano” (PDV, n.68).
El Papa Benedicto XVI, en la Sacramentum Caritatis, después de haber
subrayado que la Eucaristía tiene que ser el centro de la vida de cada
cristiano dice, acerca del carácter eucarístico de la espiritualidad
presbiteral: “la forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de
modo particular en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal
es intrínsecamente eucarística. (...) El sacerdote, para dar a su vida una
forma eucarística cada vez más plena ... ha de dedicar tiempo a la vida
espiritual. Está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios,
permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. Una
vida espiritual intensa le permitirá entrar más profundamente en comunión con
el Señor y le ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en
todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías” (PDV, 80).
Concluyendo, es bueno recordar la necesaria atención y cercanía del Obispo
en la vida y el ministerio de sus presbíterios. Necesita realmente ayudarles a
recorrer el camino del discipulado de Jesucristo, ofreciéndoles ocasiones provechosas
para hacer el encuentro o el ri-encuentro personal y comunitario con Cristo.
Acerca de la vida célibe, hace falta ante todo aclararles la naturaleza no sólo
canónica sino también teológico-espiritual y carismática del celibato,
presentando las razones de la Iglesia latina para solicitar a sus sacerdotes el
celibato, o sea, su sentido cristológico, eclesiológico y escatológico.
Obviamente, todas las explicaciones teóricas no serían suficientes si faltara
la adhesión personal y amorosa a Jesucristo .
El obispo, en síntesis, tiene que ser padre, hermano y amigo de sus
sacerdotes, ante todo de los más jóvenes, pero también de los que viven en
crisis o especiales dificultades, los ancianos y los enfermos. Tiene que saber
corregir, cuando sea necesario, pero con amor y sabiduría, recordando aquella
palabra tan preciosa del Evangelio: “Dios no envió al Hijo al mundo para
condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17).
Cardenal Claudio Hummes
Arzobispo Emérito de San Pablo
Prefecto de la Congregación para el Clero