
SAGRADA
FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
Citaciones di
Si 3,1-16: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abullc.htm
Col 3,12-17: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9asskoc.htm
Col 3,18-21: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a10tcc.htm
Mt 2,13-15: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9audfzb.htm
Mt 2,19-23: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a3mhbb.htm
La devoción a la Sagrada
Familia nació en Belén, junto con el Niño Jesús. Los pastores, de hecho,
fueron a adorar al Niño y en la mísma ocasión, rendiéron
homenaje a su Familia. Del mísmo modo, y
más claramente, lo harán depués, los Reyes Magos, los
sábios de Oriente que viniéron para adorar al Rey que había
nacido, y para rendirle
homenaje con regalos de oro, incienso y
mirra, que serán conservados por su Familia.
Pero podemos ir más
lejos, hasta afirmar que, en cierto modo, Cristo mismo fué
el primer devóto de su Familia. Él ha mostrado su devoción por la Madre y
por el padre putativo, sotometiéndose, con infiníta
humildad, al deber filial de la obediencia a ellos.
San Bernardo de Claraval dice acerca
de esto: «El Dios al que están sometidos
los ángeles, al cual obedecen todos los Principados, las
Potencias, estaba sujeto a María; y no sólo a María,
sino también a José por María. [...] Dios obedece
a una creatura humana: es una humildad que no tiene
comparación; una creatura humana ordena a Dios: he aquí una sublimidad que
no tiene igual» (Homilía I sobre el «Missus est»).
Si, en relación con Cristo, la celebración
de hoy pone de relieve, en particular,
la humildad y la obediencia, que
quiere ejercitar en conformidad con el
cuarto mandamiento, acerca de sus "padres" se destaca en particular
el ministério de amorosa custodia de
ellos ejercitado. El Siervo de Dios Juan Pablo II quiso titular Redemptoris
Custos ( el Custodio del Redentor), una exhortación apostólica de 1989, dedicada
a la figúra y la misión de San José en
la vida de Cristo y de la Iglesia. Él
retomaba así, después de un siglo exácto, las enseñanzas de Leon XIII, por el
cual San José «entre todos se destaca en su augusta dignidad, porque por disposición divina fue custodio, y en la
opinión de los hombres, el padre del
Hijo de Dios» ((Enciclica Quamquam Pluries [1889]). Continuába el mísmo Papa
León: «José fué a su tiémpo legítimo y natural custodio, cabeza y defensor de
la divina Familia [...]. Es por lo tanto casa conveniente y sumamente digna del
beato José, que, en aquella forma que él
un tiémpo solía tutelar santamente en cada circustancia la Familia de Nazareth,
así ahora cubra y defienda con su celestial patrocinio la
Iglesia de Cristo». No muchos años antes, por otra parte, el Beato Pio IX había
proclamado San José «Patrón de la Iglesia Catolica» (1870).
Como se puede
imaginar, este mistério de la custodia se llevó a cabo en un modo más rápido, e
inclúso antes de San José, por María
Santisima. Por esto podemos decir que la
fiesta litúrgica de la Sagrada Familia nos habla de la amorosa y adorante
custodia que es necesario prestar al Cuerpo de Cristo. Esto puede ser entendido
en un sentido místico, como custodia de la Iglesia, pero también en el sentido
Eucaristíco. María y José han dado
todos los cuidados al cuerpo físico de Jesús. Nosotros, siguiéndo su ejémplo,
podémos y debémos prestar toda atención a su Cuerpo místico, la Iglesia, pero
también a aquel cuerpo Eucaristíco, que
se nos a sido confiado. Y si María ha sido de algúna manera "el primer Tabernáculo de la historia" (Giovanni
Paolo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 55), a nosotros se nos ha dado en custodia
el Sagrario en el que Nuestro Señor se ha dignado habitar en Persona, con su Presencia Real. Aprendámos de María y José. ¿Qué habrían ellos negado al cuidado del cuerpo físico de Jesús?
¿Hay algo que nosotros podamos negar a
la digna y adorante custodia de su Cuerpo eucarístico? Ninguna atención, ningún acto de amor y de
respeto adorante nunca serán demasiado. Por el contrario, nuestra adoración y
el respeto siémpre serán inferiores al don tan grande que se nos hace en la Sagrada Eucaristía.
Observando
a la Sagrada Familia: al amor, a la protección, a la custodia diligente
y llena de respeto que en ella se ha ejercido en relación con el Redentor, no podemos
dejar de sentirnos incomodos, incluso
hasta sentir vergüenza por todas aquellas
ocasiónes en los cuales no tuvímos cuidado y no prestamos la devída atención a las Especies Eucarísticas. No podémos no pedir perdón y hacer penitencia por todos los actos sacrílegos
y la falta de respeto cumplidos contra la Sagrada Eucaristía. Sólo podemos
pedir al Señor por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, un amor más
grande por su Hijo encarnado, que decidió permancer aquí con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.